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Greed

 

 

 

 

 

“Pues todos los demás buscan sus propios intereses y no los de Jesucristo” (Fil. 2:21)

El punto central de nuestra fe y de la mayoría de los santuarios es la Cruz. Ese emblema de la autoentrega de Dios nos recuerda que la libertad gira en torno al hecho de ofrecernos a los demás, a propósitos que desafían la propia supervivencia. El siervo no es mayor que su Maestro. Jesús lo dijo de esta manera: la semilla dura o se abre o se queda sola (Jn 12:24). La fecundidad requiere entregarse a la Soberana voluntad; el ser codicioso insiste en acaparar y defender sus propios valores. La codicia le da más valor al exterior de nuestra humanidad y nos vuelve estériles.

Nosotros somos codiciosos por naturaleza. Con esto quiero decir que nosotros giramos en torno a los valores que podemos tener en nuestras manos. El temor impulsa nuestra codicia, al igual que la envidia: buscamos y anhelamos lo que nos podría dar más poder y así apaciguar la amenaza de extinción o, al menos la insignificancia.

Yo vivo en un suburbio cristiano de clases donde pocos tienen mucho dinero y la mayoría son bastante generosos con éste. No hay personas tacañas entre nosotros, es decir, avaros ricos que sólo comparten su miseria. No, nuestra codicia es más sutil; puede aparecer como justificada, humana y refinada. Pero es la misma vieja idolatría, la criatura acaparando cosas creadas que le den la seguridad que sólo Dios puede dar. Pongan atención: “Nadie que sea avaro (es decir, idólatra), tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios” (Ef. 5: 5).

Tal vez nos aferramos a las protecciones de la clase media: los planes de jubilación y el seguro, la casa en el lago para los abuelos y los hijos, ahorros que nos tranquilicen para poder dormir. Un amigo me confesó su obsesión por las cuentas IRA (por un momento temí que fuera una asociación con terroristas políticos). Nosotros podemos desperdiciar mucho tiempo y acumulación de energías en la tierra y perder de vista el Reino, lo que significa decir libremente “sí” a Dios hasta que nos vayamos o Él venga. Debemos discernir cuando estamos acolchando nuestros propios reinos o aprovechándonos del Suyo.

Quizás sea un asunto de “calidad de vida”, el viejo consumismo americano que se disfraza de sabiduría o justicia. Por ejemplo, yo conozco a muchos cristianos experimentados que han estado expuestos a tantos modelos de iglesia, que ya no se establecen con una. Entonces quedan como consumidores solos, elevados, descontentos y descontrolados que perjudican a la Iglesia en vez de ayudarla. O el cónyuge que después de aproximadamente una década dice merecer más que la persona frustrante y limitada con la que él/ella se casó. Hace poco me senté con una pareja que entre lágrimas transmitió su frustración mutua y, sin embargo están empezando a ver los propósitos de Jesús en los vacíos. ¿Los vacíos en la vida de tu iglesia y tu matrimonio inspiran autoentrega o codicia? Jesús nos da la Cruz en medio de las opciones idólatras impulsadas por el consumismo.

Todos nos hemos quedado aturdidos por la codicia efectiva de los activistas gays. ¿Su táctica? Tomar un trastorno común y afirmar resolverlo haciendo de éste un alarde, un derecho, incluso la base para un matrimonio. Pero replantear un problema no lo resuelve. Desde todos los ángulos, la práctica homosexual es aún errada; frustra el deseo mismo que afirma satisfacer. El sexo es para engendrar vida, no para fusionar amistades ilegítimas. El emperador “gay” todavía sigue desnudo e impotente. La semilla codiciosa se queda sola.

Nosotros superamos la codicia entregando nuestras vidas a Jesús. La autoentrega generosa es el único antídoto contra la codicia. Por eso es que diezmamos; por eso es que damos gracias a Dios por las adversidades y las necesidades no satisfechas y las personas frustrantes; por eso es que seguimos tratando de amar a nuestro prójimo. Desgastados pero inspirados, nosotros le ofrecemos nuestras vidas a Él y le pedimos que multiplique nuestros dones para los demás. Con el tiempo, Él se convierte en nuestra vista y nuestra seguridad. Nos encontramos a nosotros mismos mirando directamente a Él. Él es Dios y sólo Él basta.

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