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Las dos mujeres se veían y vestían igual: agradables, de mediana edad, cabello gris cortado de forma sencilla, para mayor simplicidad. Descubrí que acababan de “casarse” en Iowa. Lo primero que pensé: ¿cuán difícil es “casarse” con alguien que te refleja a ti mismo, las necesidades, heridas, y temores de tu propio género y experiencia de vida? No mucho: para ser auténtica, la intimidad requiere de la “otredad”. El don de uno no puede ser un don íntegro para otra persona si el receptor ya posee la ofrenda.

Tal vez eso explica la frustración que sentí en última instancia al tratar de hacer de un hombre una pareja sexual íntegra. Lo intenté. Es cierto, la sensualidad de alto octanaje era convincente, pero al final del día, todavía estábamos mirando el horizonte desde el mismo lente masculino. Él era un buen amigo. Pero nos mentimos a nosotros mismos al pretender que nos habíamos convertido en “uno”.

Se podría decir que nuestra fusión fue forzada. Sin duda, compartir las mismas heridas fue útil pero en última instancia, aburrido. ¡No podíamos concebir una nueva vida! Eso requiere de convertirse en una sola carne. Y una sola carne requiere del impresionante y horrible desafío de alguien que comparte mi humanidad, pero no mi género.

Digo increíble porque nuestros cuerpos están diseñados para esta otra persona, incluso si nuestros deseos heterosexuales están frustrados o exagerados. Lo que es terrible es que nuestra red ha sido tan sesgada por una serie de injusticias, muchas de las cuales se transforman en expresiones de falsa justicia (“igualdad de matrimonio”, ¿alguien?) que ya no podemos imaginar que todos fuimos hechos para anhelar a esta “otra persona”. Incluso muchos de los que aman a Jesús están convencidos de que sus atracciones hacia el mismo sexo son crónicas, definitorias y excluyen la posibilidad de reconciliarse con el don sexual que él/ella es para el sexo opuesto.

Nos oponemos a nuestra propia conversión. En las palabras de Santa Catalina de Siena, Jesús nos crea sin nuestra ayuda, pero Él sólo puede salvarnos con nuestra ayuda.

Jesús me ayuda a convertirme en el hombre que soy a través de mi increíble esposa. Yo vi esto claramente y lo sentí profundamente el mes pasado. Annette y yo pasamos juntos el mes de agosto alejados del ministerio y de las otras personas. Exceptuando el tener que girar en torno a nuestros cuatro hijos adultos (quienes gracias a Dios viven dentro del rango de “aterrizaje”) hicimos vida juntos, sin obstáculos. Al principio esto fue difícil para mí. Después de un año emocionante de ministerio, yo luché por bajar el ritmo y entrar en el lugar tranquilo y profundo de escucharla, conocerla de nuevo, no en las demandas cotidianas sino en sus heridas, temores, sueños y observaciones que requieren atención con el fin de convertirnos en dones. En un principio busqué torpemente darle ese espacio. Luego éste llegó con gracia, con impaciencia. Nadie me acoge como ella lo hace. Y nadie me provoca más. Somos uno sólo porque ella es alguien íntegramente diferente a mí.

Dios ha incorporado en el matrimonio el reto de la diferencia de género en aras de enseñarnos el arte de la autoentrega. Seamos claros: la amistad es la amistad, una sola carne es una sola carne. La “otredad” es el objetivo de la autoentrega sexual, y sólo una expresión de esa “otredad”, el compromiso de por vida entre un hombre y una mujer, merece ser llamado matrimonio.

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