Casa > noticias > La Envidia: Un Vacío Malvado

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“La envidia es un tipo especial de sufrimiento por los bienes de otra persona”.                                                            Santo Tomás de Aquino

La envidia es una asesina silenciosa. Aunque es menos obvia que los otros siete, ésta se oculta en los corazones inseguros y nos tienta a abandonar lo que tenemos por la herencia de otra persona. La envidia nos tienta distorsionando nuestra visión. A través de los ojos verdes de la envidia, percibimos que ciertas personas lo tienen todo y nosotros, no mucho o casi nada. El bien de la otra persona nos hace sentir mal, una y otra vez.

La envidia es el resultado de un alma que se deja ser menoscabada. Sin lugar a dudas, las primeras influencias del abandono y el abuso pueden contribuir a ese menoscabo. Pero para que la envidia se arraigue, el alma debe estar de acuerdo en que él/ella tiene derecho a más. La vida de otra persona se convierte en la vida que se supone que nosotros tendríamos. En vez de admirar esa vida y tratar de emularla de alguna manera, el alma envidiosa permite que ese sentimiento hacia esa otra vida le menoscabe. El anhelo por el bien ajeno reduce el nuestro, y puede bien inspirar emociones amargadas hacia uno mismo y el objeto de la propia envidia.

Por lo tanto, la envidia acelera nuestro sentido de derecho sólo para menoscabarnos. La repercusión emocional es mala. La envidia causa estragos en las iglesias, en el trabajo, en las familias y las amistades. Las personas en cuestión se permiten ser menoscabadas una y otra vez, lo que los hace enfermos y les lleva a infectar a otros. Santiago lo dice mejor: “Donde hay envidias y rivalidades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas” (Santiago 3: 16).

La envidia surgió en mí a partir de mi desintegración sexual. Torpe e inseguro como la mayoría de los adolescentes, yo admiraba no sólo a las mujeres y hombres atractivos, sino que también los deseaba. Yo quería su poder y placer y no quería hacer el duro trabajo de convertirme en un buen don para una persona real. Así que la pornografía y la fornicación se convirtieron en el vehículo de mi derecho y también la fuente de mi menoscabo. Yo nunca podía estar a la altura de ellos y nunca podía obtener suficiente. Yo jugaba según los estándares de la envidia y perdía todo el tiempo.

Nosotros vencemos la envidia bajándonos del mecanismo de la percepción humana distorsionada y la comparación. Nosotros podemos elegir; podemos comenzar el proceso de aceptarnos a nosotros mismos a la luz de nuestro Creador y Redentor. Nosotros hacemos un serio compromiso con quién es Dios y quiénes somos nosotros a la luz de Él. Eso significa abrazar nuestra herencia y dejar que los demás tengan la suya. Significa arrepentirse de nuestra locura de dejar que el bien percibido de otras personas nos menoscabe. Nosotros traemos esa ofrenda de pecado ante Dios y le pedimos a Dios que la tome hasta que ya no la soportemos más.

La clave es la gratitud a Dios por lo que tenemos y lo que Él le ha confiado a otras personas. Así como perdonar a los demás evita que la amargura vuelva a infectar la herida, de esa misma forma la gratitud mantiene alejada la envidia. Dale gracias a Dios todos los días por quien Él te hizo para que fueras y el bien que Él te ha dado. Agradécele también por el bien específico que Él les ha confiado a las personas que son objeto de tu envidia. La gratitud es su mejor arma en la lucha contra la envidia.

¿Dios es suficiente para ti? ¿Él no ha sido siempre bueno contigo? Vive con gratitud ante Dios y mantén al “monstruo de ojos verdes” bajo control.

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