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¿El amortiguador decreciente entre nosotros y la eternidad expone la virtud o el vicio? ¿El envejecer nos hace mejores o peores personas?  No estoy seguro…

Durante estas vacaciones de verano —un tiempo para escribir— hice una pausa para considerar la calidad de mi ofrenda a los demás y percibí una mayor gratitud y una tendencia cascarrabias.  Los filtros fallan a medida que los años van sumando; el Yo desnudo está menos defendido (demasiado cansado para justificarse), dolorosamente consciente de sí mismo, menos inclinado al ruido virtual y más dependiente de Jesús.  En la mezcla incómoda, Él es el Maestro.

La gratitud por la comunión santa volvió a ocurrir durante estas semanas.  Annette y yo disfrutamos el uno del otro en algunas expresiones relajadas de intimidad; yo saboreé su don.  Ella es inteligente y humilde, propensa a ofrecerse por completo, especialmente a los hijos y los nietos.  A diferencia de muchas mujeres que luchan por ofrecerse a quienes dependen de ellas por miedo a perder el “Yo”, Annette se descubre a sí misma en la entrega.  Ésta la consolida. 

Yo también diariamente le dediqué tiempo al material de Aguas Vivas que revisé en el transcurso de estas seis semanas.  No fue una tarea pequeña pero fue gratificante a su manera.  Eso significó revisar cuarenta años de lo que considero que son las ideas fundamentales y las ayudas prácticas para convertirse en una ofrenda casta para los demás, desde el punto de vista de alguien que debe elegir diariamente cargar su cruz en un mundo progresivamente incasto.  ¿Cómo nos ayudan Jesús y Sus miembros a ser lo suficientemente íntegros en nuestra humanidad de género?

Yo recibí la ayuda de la mente aguda y el corazón ordenado del nuevo pasante/miembro del personal Marco Casanova; yo no había experimentado anteriormente ese tipo de asociación en un proyecto de escritura.  Disfruté el refinamiento y sé que esto mejoró la revisión.  El nuevo libro guía brillará en la próxima primavera (año 2020), justo a tiempo para el 40 aniversario del Ministerio Desert Stream.  Celebramos ese hito en Kansas City, del 7 al 9 de agosto.

Bien.  Todo estuvo bien.  Pero en medio de la comunión santa surgieron vislumbres perturbadores de impiedad, mis propias respuestas demacradas a nuestro mundo en decadencia.  Me refiero no sólo a los terremotos que sacuden el mundo, sino también al aliento sucio de la opinión pública que convierte las chispas en holocaustos.  Todo el mundo tiene una opinión, incluso cuando exponen sólo su ignorancia, orgullosamente arrojada a través de Internet.  Desperdicio narcisista.

¿Por qué tan poca conciencia sobre los propios límites? ¿Por qué no la humildad para orar en vez de pontificar?  ¡Pasión sin misericordia!

Yo soy tan despiadado como los objetos de mi repulsión.  Yo avivo el fuego de la intolerancia y me vuelvo tremendamente impaciente, enfurecido por la necedad humana, especialmente por las necedades de los cristianos quienes deberían apegarse a lo que saben en vez de amplificar lo que no saben para generar seguidores.  Mi descontento me tienta a desligarme, a desconectarme y hacer cosas enfermas e incastas.  El envejecer me ha hecho peor.  Y más sabio.  Adquiero mejores conocimientos y mi voluntad es segura.  Opto por una comunión santa: mi esposa, mis amigos, mi grupo local de Aguas Vivas, la Santa Iglesia.  No me puedo salvar por internet.  Necesito al Jesús de carne.

Yo pasé mucho tiempo de estas vacaciones en Adoración, sentado ante Jesús en una capilla de oración cercana, contento de estar con Él.  A Él le traje todas las cosas encantadoras e inquietantes que brotan dentro de mí.  Yo acepto su fiereza, a la luz de Su amor por mí.  Él parece más cercano, más claro, rico en misericordia e intenso en santidad.  Él se convierte en la única cosa verdadera que necesito ahora más que ayer.  El envejecer puede haberme empeorado, pero me ha inclinado más hacia Él.  Yo sólo mejoro a la luz de Su amor por mí.  Su luz brilla más ahora.

“Y hagan todo esto estando conscientes del tiempo en que vivimos.  Ya es hora de que despierten del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cerca que cuando inicialmente creímos.  La noche está muy avanzada y ya se acerca el día.  Por eso, dejemos a un lado las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz” (Rom. 13: 11, 12).

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