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Lujuria

 

“No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Rom. 12:21).

Todos los pecados no son iguales. Los comedores compulsivos llevan su vicio en vestimenta de mayor tamaño; los perezosos llevan un semblante sombrío, envueltos en mortajas. Ambos confiesan sus pecados sin palabras. Sin embargo, los lujuriosos pueden irradiar buena salud desde estructuras sobrecalentadas, dando la apariencia de orden mientras son impulsados por deseos desordenados que si son concebidos, cometen violencia contra todos los implicados. No comparemos un desayuno de brownies o las dudas sombrías acerca de uno mismo con el pecado que San Pablo afirma se opone más al propio cuerpo de uno (1ª Co. 6:18) mientras viola la intimidad con Jesús (vers 13-17).

La lujuria es un pecado secreto que provoca la vergüenza de perder los propios poderes generativos; esa vergüenza puede aislar aún más al pecador sexual de expresar abiertamente su vicio. Sin embargo, la tecnología que ahora impulsa la lujuria ha borrado tanto nuestra buena vergüenza que ahora somos casi desvergonzados, desnudos y en el fuego, perdiendo la sensación de la exposición la cual exige lo que sólo el Cordero puede proveer.

Con la ayuda de fibra de Google, existen fracciones de segundo entre cualquier pensamiento lujurioso y una imagen pornográfica perversa que se graba en el corazón, para ser recordada a su antojo. La lujuria comienza con la curiosidad desordenada y termina desordenando nuestros deseos al despertar la pasión que ésta sólo frustra. Nosotros somos buenos dones, sí, pero la lujuria nos atrae para pervertir la esencia de ese don en intercambios baratos que corrompen nuestra ofrenda más preciosa. Incluso los desvergonzados pueden sentir su futilidad. La Escritura afirma que la ley está escrita en nuestros corazones, (Rom. 2: 15), los cuales dan testimonio de la verdad de que Dios nos creó para que nos entregáramos sólo donde el amor comprometido crea una apertura a la vida.

Cualquier elocuencia sobre este tema es debido a mi sórdida historia; la lujuria es mi pecado más mortal. Por esto yo siento la vergüenza bendita, un don a la luz de mi trasfondo bastante desvergonzado. Mientras crecíamos en la playa de California durante la revolución sexual, nosotros “gastábamos” nuestros cuerpos para comprar nuevas sensaciones. Aunque mis inclinaciones eran homosexuales, la lujuria puede definir mejor lo que me impulsó y me ridiculizó. La Iglesia Católica define elegantemente la lujuria como el placer sexual buscado por lo que es en sí mismo, sin los objetivos de la comunión duradera y la procreación, y cita la masturbación, la pornografía, la fornicación, y la práctica homosexual como algunas de sus expresiones (CCC2351-2359). La inmoralidad sexual es un ofensor de iguales oportunidades. Para todos los que cometen lujuria, nosotros tenemos un Defensor, el “Cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1: 29).

El Cordero nos conduce a la pureza, o mejor dicho, a la castidad, que es la rígida y espléndida tarea de integrar nuestra sexualidad dentro de nuestros cuerpos y nuestros espíritus (# 2337). ¡Qué larga y estimulante aventura! Su amor inagotable permite nuestra entrega diaria a Jesús y a Sus miembros. A través de la confesión confiada, la rendición de cuentas y la oración constante, Él se derrama sobre nosotros y tiene acceso al verdadero clamor de amor y conexión de nuestros corazones. Nosotros aprendemos a amar a las personas reales. Con el tiempo, Jesús nos ayuda a ser castos y así superar nuestra desintegración, la tendencia lujuriosa a lanzarnos desde el amor real hacia fantásticas falsedades.

En el camino, muchos de nosotros acogemos el llamado de ofrecer nuestros cuerpos a una persona para toda la vida. Jesús y Su novia me prepararon para Annette. Con ella yo aprendí a enfocar mis energías sexuales en el contexto de amar a una persona que era como yo y sin embargo profundamente “diferente a mí” en cuerpo, alma y espíritu. Yo alabo el matrimonio de ambos, y el Cordero que fue inmolado. Juntos, los dos reclamaron por mí el don del amor sexual de las distorsiones de la lujuria.

“Jesús nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser: Él nos ha liberado del dominio de la lujuria” (San Juan Pablo II, Veritatis Splendor)

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