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La Más Grande Historia Raras Veces Contada

“Mientras ésta siga siendo contada, ninguna historia jamás es desperdiciada”, opina un escritor cristiano ‘gay’.  Al igual que muchas personas hoy en día, él se siente obligado a dar testimonio de cómo Jesús confirma su Yo intrínsecamente homosexual como una expresión de las buenas nuevas.

Todo el mundo tiene una historia.  Pero no todas las historias dicen la verdad del Evangelio.  Yo sostengo que las personas cuyas historias presentan a Jesús como el defensor de identidades basadas en deseos desordenados distorsionan el Evangelio.  Por encantadores que sean sus discursos y conmovedoras sus frustraciones, éstos se construyen sobre una falla que socava el poder de Cristo y Su Cruz.  Cuando las ramas del Cristianismo que dicen ser ortodoxas validan a estas personas, es decir, cuando les dan publicidad y una plataforma, estos narradores de historias se convierten en enemigos de la Cruz (Flp 3:18).

Sin duda alguna, todos necesitamos de la libertad para poner en orden nuestras vidas desintegradas a través de los amigos sabios y los cristianos mayores; nosotros contamos nuestras historias para romper ciertos supuestos mundanos y así ajustarnos al Crucificado.  ¡Jesús usa la pequeña cruz de nuestras confesiones confusas!  Él nos guía a través de nuestras crisis en la narrativa, las cuales se resuelven sólo a través de la muerte a nuestro “Yo” que hemos armado a partir de los sentimientos y apegos mundanos.

A la luz del maravilloso amor del Padre para con nosotros el cual brilla en la Cruz y es mediado a través de Su comunidad, nosotros podemos intercambiar nuestras miserias por Dios quien solo tiene el poder para establecer nuestras identidades.  Descubrimos que ya no necesitamos ser esclavos del mundo.  Él nos da la opción de deponer nuestro Yo “gay” o cualquier otra aspiración LGBT+ y simplemente descansar en Aquél quien a través de Cristo nos llama Sus hijos e hijas, hombres o mujeres hechos para revelarlo a Él en nuestra dignidad humana (Gál 4: 3-7).

Nosotros podemos elegir no deponerlo.  Podemos nutrir el estancamiento y los sentimientos “gays” en una especie de melancolía elocuente (¿autocompasión?) que empodera al Yo “gay” (Wesley Hill retoma donde Henri Nouwen lo dejó).  O podemos surgir con el mismo poder que resucitó a Jesús de entre los muertos.  Nosotros morimos con Él, y no necesitamos preocuparnos por la atracción residual hacia el mismo sexo.  Ahora somos definidos por el Padre, y en eso reside Su autoridad para restaurarnos, a Su manera.  Ya no nos dejamos llevar por los sentimientos.  Estamos siendo conformados a Cristo y a Su Cruz.  Ese es nuestro compromiso: una decisión única y cotidiana de tomar nuestras pequeñas cruces a la luz de la Cruz que nos acoge y nos abre un camino.  Siempre.

Sólo entonces nuestras historias pueden revelar a Jesús.  Me atrevería a decir que nuestras historias valen la pena ser contadas sólo si revelan algo sobre Su Cruz y el gozo de cargar nuestras pequeñas cruces en camino hacia una nueva vida.

“Si nadie dijera ‘muero, pero viviré’, entonces no habría esperanza para los que sufren.  Todo sufrimiento sería un dolor destructivo, sin sentido; todo dolor sería la tristeza mundana que produce muerte.  Pero nosotros conocemos a personas que han vivido y sufrido de manera diferente.  Hay una historia de resurrecciones significativas para los demás.  La resurrección de una persona no es un privilegio personal para un solo individuo.  Ésta contiene en sí misma una esperanza para todos, una esperanza para todo”  Dorothy Soelle

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