Casa > aguas vivas > La Misericordia Nos Permite Soltar

¿Por qué hay tal brecha entre nuestra creencia en la capacidad de Dios para purificarnos de toda maldad y nuestra negativa a permitírselo?

Mi amiga Dana compartió cómo ella cayó en una relación lésbica mientras seguía las órdenes santas.  A pesar de múltiples confesiones y absoluciones, ella no podía perdonarse a sí misma.  El tormento, no la confianza en Jesús, prevaleció en su vida hasta que se detuvo y estuvo de acuerdo con Jesús.  Lo que Él logró por ella en el Calvario superó lo que ella hizo.  Punto.  El asentimiento intelectual cayó en la profundidad de su ser y ella soltó la piedra que ella sostenía hacia sí misma. 

Dana aún tenía que perdonarse a sí misma.  Sí, ella sabía que Jesús la liberó en algún sentido técnico, pero ella no podía dejar de definirse a sí misma como una criminal moral.  La espada del juicio, no la Cruz de Cristo, pendía sobre ella. 

¿Un truco demoníaco?  Quizás.  ¿Un esfuerzo de nuestra terca humanidad caída para expiarnos a nosotros mismos?  Quizás.  Es muy posible que obtengamos un consuelo perverso de un esfuerzo sostenido de sentirnos mal por actuar mal.  Independientemente, cuando practicamos la presencia de nuestros fracasos en vez de la Misericordia Todopoderosa, desconfiamos de Jesús.  Proyectamos una sombra sobre Su tierno rostro y rechazamos el amor que hace nuevas todas las cosas.

Dana compartió cómo finalmente ella se rompió cuando Él se abrió paso para amarla.  Ella recibió misericordia donde más la necesitaba.  Con Su ayuda, Dana abrió la trampilla de su corazón y dejó que la basura que había guardado se fuera, saliera, para no volver a ser objeto de preocupación.  Ella ahora vive bajo una sombra —los brazos extendidos de Jesús quien lo entregó todo para liberarla.  Su hermoso semblante refleja el de Él.

La Misericordia la liberó para soltar, dejar ir.  Dana compartió todo esto en el contexto de perdonar a los demás.  Ella dijo que a menos que uno haya sido perdonado en el fondo, es difícil, tal vez imposible, hacer lo que Jesús pide y “perdonar de corazón a los demás” (Mt. 18:35).  La basura acumulada alrededor de nuestras trampillas bien puede bloquear el flujo de misericordia hacia aquéllos que más nos han hecho daño.  Dana compartió una nueva libertad al liberar a sus amados enemigos a través de la misericordia que ahora corre por sus venas.

En esta Cuaresma, yo te insto a que no te demores en el desastre que has causado.  Confiésalo, sí, luego toma ese perdón y dite a ti mismo: “Así como Jesús me ha perdonado, así yo me perdono a mí mismo”.  Extiende esa misericordia a todos aquéllos cuyo pecado todavía te aflige.  Esa es la única forma de sanar.

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