Casa > aguas vivas > La Misericordia Nos Reclama

“Cuidado con negarte a ir al funeral de tu propia independencia”.

Oswald Chambers

¿Cuán dependiente soy de Jesús? Voluble, en el mejor de los casos.  Sí, alimento las dulces nociones de Él al amanecer e incluso puedo escuchar Su voz suave y apacible.  Sin embargo, después de la oración, puedo maldecirlo en el apuro de la sobrecarga doméstica y me apresuro a rechazarlo interpersonalmente en una orgullosa autojustificación.

Esto va en contra del Jesús misericordioso que suplica mantener nuestra mirada mucho después del momento devocional.  Él se ha ganado el derecho a hacerlo.  Su derramamiento en el Calvario —Sangre, Agua, Espíritu— reclama la totalidad de nuestras vidas.  Aquí debemos tomar en serio y personalmente las referencias bíblicas a Su rescate de nosotros (Mc. 10:45; Heb. 9:15) a través de Su compra de nuestras vidas (Ap. 5: 9) —cómo Él nos “compra” a expensas de Su vida (1ª Cor. 6:20).  Jesús lo entregó todo para ganarnos.  La misericordia nos reclama.

Una parte de mí se irrita ante esto: “Sí, bueno, espiritualmente Suyo, tal vez.  Pero sigo siendo mi propia persona.  ¿Acaso no es misericordia liberar a la gente? ¿Qué tan libre soy si soy ‘comprado’”?

Quizás la pregunta dependa de cómo definimos la libertad.  Sin duda alguna, la libertad debe implicar elección.  Y Jesús nos concede esa elección libremente.  Yo puedo entregarme a Su rescate del dominio del pecado o no.  Ahí es donde entra la Cuaresma.  Nuestro tiempo en el desierto expone diversos grados de separación, fortalezas internas que se niegan a ceder ante Él.  En la luz y el calor, yo controlo con inquietud mi espíritu inquieto; veo la vacilación entre la compostura y agarrar mi teléfono celular como una hoja de parra.

El desierto está despejado.  Éste nos humilla en su claridad.  Los espacios amplios y abiertos exponen nuestros pequeños apegos y nos cortejan para dejarlos ir, para dejarlo entrar a Él.  La Cuaresma nos invita a soltar las manos llenas de cosas vanas y tomar las Suyas.  Un pequeño sacrificio: soltamos para retomar.

La Divina Misericordia santifica nuestra entrega.  Jesús nos saca de las pequeñas esclavitudes que fatigan y dividen y luego se burlan de nosotros con aburridas acusaciones.  Él nos ha conquistado con “agua viva”; nosotros sólo podemos encogernos ante el sabor acre de nuestras propias cisternas.  Me ayuda a comprender Su amorosa insistencia como el Esposo que me corteja para hacerme nuevo, virginal, para Él.  El Origen describe la “herida en el costado de Cristo” como la corriente transformadora a través de la cual nosotros somos “hechos Su Esposa”. 

Oseas profetizó ese encuentro con la Divina Misericordia: “Ese día me llamarás ‘Esposo mío’, ya no más ‘mi señor’…  Te quitaré de los labios el nombre de tus falsos dioses…  Yo te haré Mi esposa para siempre…” (Os. 2: 16-20).  Todavía puedo cansarme de una pequeña resistencia.  O puedo arrepentirme por amor a este dulce Esposo que sabe que sólo mi entrega a Él mismo producirá los beneficios del Amor —compostura, amor, paz, gozo.

“¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios?  Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio.  Por tanto, honren con su cuerpo a Dios” (1ª Cor. 6: 19, 20).

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