Casa > aguas vivas > La Palabra Silenciosa, Suplicante

“La verdadera revolución proviene del silencio” (Cardenal Robert Sarah).

“Cuán silenciosamente, cuán silenciosamente se da el maravilloso Regalo”.  Sin embargo, la Navidad puede clamar como un megáfono y romper la quietud en la que de otro modo podríamos encontrarnos con Él.  No me malinterpreten: me encanta de sobremanera el bullicio de estos días —nietos cuya maravilla en unos segundos escala hasta convertirse en gritos estruendosos, cuatro perros grandes que atraviesan la casa y el patio fangoso, dulces intercambios entre los seres queridos que en momentos exasperados se vuelven amargos.  Es la temporada de remordimientos breves, disculpas generosas.

Lo que más me molesta es cuán rápido se seca mi generosidad, cuán rápido paso de meditaciones de ojos llorosos acerca de la generosidad de Dios a reacciones rígidas a lo imperfecto.  Y yo, el más crateroso de todos…

Yo no sabía lo cansado que estaba hasta que me aquieté.  Me di cuenta de diversas emociones reprimidas —desprecio por algunas, lujuria por otras, empatía por las afligidas que como un cáncer se volvieron sobre sí mismas y me tentaron con desesperación con su soledad mientras me recordaban las mías.  ¡Felices Fiestas!

Atravesar todo esto como un río oscuro era ruido externo —el torrente del Internet.  Cuando estoy cansado, tomo mi celular como un adicto a una solución.  No es útil.  El mundo dividido allá afuera irrita mi propia disonancia, ya sea guerras de destitución o la pesadilla desatada por la insistencia LGBT+ en la primacía en todo (la desaprobación al Ejército de Salvación por honrar la monogamia heterosexual, la satanización de las personas que creen que la sexualidad debe ser generativa y no meramente gimnástica, el asesinato de cualquier persona que se niega a normalizar el desorden moral).

“No queda nada más que una herida de palabras, sin perspectiva, sin verdad, sin fundamento.  Con mucha frecuencia, la “verdad” no es más que la creación pura y engañosa de los medios de comunicación, corroborada por imágenes y testimonios fabricados” (#56, La Fuerza del Silencio, Cardenal Sarah).

Pero la Luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no puede vencerla (Jn 1: 5).  Mi desorden navideño estaba justo donde Jesús me quiere.  Silencioso.  Demasiado cansado para las palabras.  Sólo entonces llega la Palabra, rápidamente, una invitación a estar en quietud y conocer a este Dios para quien “el silencio no es una ausencia sino la más intensa de todas las presencias” (#12, La Fuerza del Silencio, Cardenal Sarah).

Yo necesito más que un poco de Él; necesito volver a entrar a Sus profundidades y permanecer allí, sin lanzarme a otro texto o suceso en el cual yo manifieste mi presencia real a través de una crítica aguda o un comentario absurdo (sobresalgo en ambos, pobre Annette).

Yo necesito permanecer en el silencio, abriendo mi boca sólo para recibir la Palabra, como un pájaro bebé alimentado por su madre.  No es de extrañar que el Cardenal Sarah declare: “Desarrollar una vida de oración es probablemente la primera y más importante batalla de nuestra era” (#70).  Mi batalla.  Mi responsabilidad.  Yo debo “hacer todo lo posible por entrar en Su reposo” (Heb 4:11).

Ese reposo es adoración silenciosa, donde Él sólo quiere amarme.  Punto.  Él quiere embriagarme con Su presencia amorosa.  Él se preocupa por las personas, por lo tanto Él se preocupa por la forma cómo yo las amo.  Cuando estoy centrado en el amor, yo amo mejor.  Entonces Él me ama.  En silencio.  Él habla sólo para recordarme ese amor.  Inmutable.  Enfocado.  Celoso.  Más que suficiente.

Jesús le dio a entender esto a un monje benedictino.  Yo lo tomaré para mí también.  “El propósito de Mis palabras es unirte a Mí en el silencio del amor.  Es por eso que los amigos y los amantes se hablan: para expresar lo que guardan en sus corazones.  Una vez que se han expresado estas cosas, es suficiente que permanezcan unidos en el silencio que es la experiencia más perfecta de su amor” (In Sinu Jesu, pág. 108, 109).

En la oración, nosotros podemos escuchar la Palabra Silenciosa suplicando: por nuestra dignidad comprometida, por nuestra necesidad de misericordia, por ese dolor primitivo que sólo se satisface en el silencio del Amor.  Que podamos buscar y saborear Su quietud mientras llega el año 2020.

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