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“No queremos simplemente ver la belleza. Queremos estar unidos con la belleza que vemos, pasar hacia ella, convertirnos en una parte de ella”. C.S. Lewis

Junio fue un mes malo para las personas que buscan superar la homosexualidad. La que una vez fuera moralmente sana Iglesia Presbiteriana (PCUSA) votó abrumadoramente para cambiar su definición del matrimonio, Obama pulió su legado de afirmación gay ampliando todo tipo de derechos federales “homosexuales” y un ex-líder de Exodus salió con un testimonio suave como una serpiente de cómo “el amor significa nunca tener que decir que lo sientes” por la práctica homosexual.

Ah, bueno. Estoy aprendiendo a oír las malas noticias mientras escucho más atentamente que nunca la canción de amor de Dios. A través del Dios que asumió un cuerpo, nosotros podemos escuchar, ver y probar en nuestros cuerpos el deseo del Cielo por nosotros. Es verdad: Dios mismo quiere unirse Él mismo con nosotros, lo cual se corresponde con nuestros deseos más profundos. Más que nada ni nadie, ¡lo queremos a Él! Y Él nos quiere a nosotros, el Dios de la belleza quiere acompañarnos, morar y permanecer con nosotros en una profunda comunión.

En medio de la estridencia de la humanidad caída, estoy aprendiendo a escuchar el Cantar de los Cantares. Cuando lo hago, la belleza supera lo malo y me acuerdo de Aquél que es mayor y que ha vencido al mundo y su engaño. Él superará ese engaño a través de personas que han sido seducidas y conquistadas por la Belleza Misma.

Aplicando con destreza las enseñanzas del Papa Juan Pablo II sobre “La Teología del Cuerpo”, Christopher West describe el deseo real en nosotros al que Dios tiene acceso. Ese deseo tiene origen en Su diseño para nuestros cuerpos, una verdad que Él libera a medida que aprendemos a danzar en armonía con Su gran amor por nosotros. Por último, esa “danza” resulta en nuestro destino, que es unirnos a Él eternamente cuando el cielo y la tierra se conviertan en uno al final de los tiempos. Por ahora, anhelamos y escuchamos la canción del Cielo, la música que fluye de Su corazón al nuestro. La clave es aprender a cantar en conjunto e invitar a otras personas a la danza.

No podemos esperar que las personas quebrantadas que apenas pueden oír Su canción se alineen con la moral cristiana. En cambio, debemos enseñarles la canción de amor de Dios hacia ellos. Una vez que escuchen la música, Dios los preparará para dar los siguientes pasos, para comenzar a acercarse más a Su diseño para sus vidas. Así es como yo veo a “Aguas Vivas”: se trata de una serie de lecciones de danza, bien coreografiada, en la cuales comenzamos a movernos de acuerdo con nuestro diseño. Pero eso no significaría nada sin las hermosas canciones de amor.

El Padre me animó a empezar a escuchar y orar por un maravilloso hombre identificado como gay en mi gimnasio que necesita desesperadamente a Jesús (pero que aún no lo sabe). Mientras oraba, Jesús me dio una imagen de él, impulsado y distraído por las demandas de los demás. Entonces una luz brilló sobre él y le obligó a mirar hacia arriba. Él estaba lleno de luz y su rostro pasó de gris a dorado. Nuestro glorioso Dios le dijo a él: “Yo quiero tu felicidad”. Le conté mi visión y sus ojos se llenaron de lágrimas. “Yo no sabía que Dios se preocupaba por mi felicidad”, respondió él.

Mi amigo todavía no está listo para arrepentirse de la homosexualidad. Pero él está comenzando a oír el canto del Cielo. Aleluya. La belleza gana.

“El hombre moderno escucha más a gusto a los testigos que a los maestros; si escucha a los maestros, es porque son testigos”.  Papa Pablo VI