Casa > aguas vivas > Los Fuegos del Hogar

Ok, ok, yo amo y adoro a mi esposa y mis hijos y mis perros y mi casa.  Pero me siento más en casa cuando estoy ante Aquél.  Durante estos días de Navidad, mis ojos están fijos en el pequeño niño en el pesebre; me inclino en adoración.  Él es el Señor.  Él no es una mera extensión de mi imaginación religiosa, ni un recordatorio sentimental de las navidades pasadas.  Desde el pesebre Él arde con fuego que une la cuna con los signos carismáticos de la cruz.  Él es Dios, yo no lo soy, y cuando me inclino, encuentro la paz.  Me siento en casa.

La verdadera adoración resulta de la gratitud, pero requiere de un temor santo.  Mi acogida de la venida de Jesús me une a Su Padre en un vínculo íntimo de amor y al mismo tiempo me convierte en Su hijo (Gál 4: 3-7).  Sólo Dios podría hacer eso.  Un hombre sabio dijo que reverenciar al niño Jesús celebra nuestro nuevo nacimiento.  Sin embargo, si no me doy cuenta de que este niño es el Creador/Redentor de todos, entonces mi adoración es en vano.  Mi “hogar” se convierte en una casa construida sobre arena.

El temor piadoso es un valor olvidado.  Los quejosos que lloran la injusticia trivializan egoístamente el trauma real, el abuso y el acoso; pierden de vista sus orígenes, su hogar.  Un verdadero regreso a casa requiere que neguemos nuestras exigencias y le demos a Él el lugar más alto.  Nosotros las ovejas rebeldes tenemos que dejar de lamentarnos y debemos inclinarnos.  Escuchen al Padre Alfred Delp sobre el temor piadoso: “El hombre debe aprender de nuevo —de manera real, personal, práctica y diaria— a considerar a Dios como la categoría máxima de la realidad, como el juicio decisivo de todo lo que existe…  Hemos perdido esta categoría [del temor piadoso].  Ya no somos un pueblo de claridad que conoce a este único Señor y que permanece en sencillez sin usurpar los derechos del Señor, sin traicionar nuestro deber hacia Él, o regatearlo.  El temor de Dios…  significa conocer el dominio absoluto e inalienable del Señor de todos”. 

Sólo a partir del temor piadoso podemos apropiarnos del milagro de Él acercándose a nosotros.  El otro día en Adoración (cuando los católicos adoran a Jesús en la Eucaristía) me sentí guiado a meditar en Juan 6: 53-55 donde Jesús hace explícito cómo Él se convierte en nuestro hogar: “Les digo la verdad, a menos que coman la carne del Hijo del Hombre y beban Su sangre, no tendrán vida en ustedes…  Porque Mi carne es verdadera comida y Mi sangre es verdadera bebida.  Quien come Mi carne y bebe Mi sangre vive/mora/permanece en Mí y Yo vivo/moro/permanezco en él”.

Guau.  Al adorar a Jesús con lágrimas en los ojos por el abuso que escandaliza a la Iglesia, yo experimenté un nuevo poder, un ardor en mi vientre, como si el Cristo en mí se intensificara y no fuera disminuido por los demonios de unos pocos.  En vez de abandonar mi hogar de la Iglesia, Jesús se estaba convirtiendo en mi hogar para luchar por Su novia.  Recordé las palabras de Jesús “Sin mí, no pueden hacer nada” (Jn 15: 5b), luego me di cuenta gozosamente de lo contrario: “Con Él lo puedo hacer todo [¡Él lo pide]!” 

Yo oré con nueva autoridad por la Iglesia en su temporada de agitaciones.  Delp otra vez: “El tiempo de los grandes intercesores ha llegado.  La oración no significa un enfoque silencioso que nos exima de la acción y la responsabilidad.  Por el contrario, éste es un principio de acción mucho más difícil.  Ha llegado el momento de la acción pura, consagrados desde dentro.  El precepto de Ignacio…  dice que la vida interior debe llenar y apoyar la vida exterior y hacerla fructífera…  Hoy más que nunca, la acción, el compromiso y los logros deben desarrollarse desde la adoración devota”.

Permitamos que Su amor ardiente infunda el nuestro mientras oramos.  Nunca solos, podemos soportar lo que Él pide.  Y arder.  Nada menos que Su ardiente amor nos dará paz y atravesará la oscuridad.

“No debemos evitar las cargas que Dios nos da.  Éstas nos guían a la bendición de Dios.  Para aquéllos que permanecen fieles a la vida dura, se abrirán manantiales interiores de la realidad…  Los hilos de plata de los misterios de Dios dentro de todo lo que es real comienzan a brillar y cantar…

Dios se convierte en hombre.  El hombre no se convierte en Dios.  El orden humano permanece y sigue siendo nuestro deber, pero está consagrado.  Y el hombre se ha convertido en algo mayor, algo más poderoso.  Confiemos en la vida porque esta noche debe conducir a la luz.  Confiemos en la vida porque no tenemos que vivirla sola.  Dios la vive con nosotros”.

Última meditación navideña del Padre Alfred Delp en la cárcel, 1944.

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