Casa > aguas vivas > Manchado

Mi rostro es un desastre.  Sobreexpuesto durante años al sol de California, ahora parece un terreno desértico escarpado, enrojecido por el calor.  Me estoy sometiendo a un severo tratamiento químico que hace aflorar manchas precancerosas.  Ya no más ocultas, estas pequeñas llagas deben enfrentar la luz, la costra y desaparecer con la aparición de una nueva piel.

Dejando de un lado la vanidad, me alegro que mi piel se vea un poco desastrosa por un tiempo.  ¿De qué otra manera voy a sanar?

El rostro de nuestra Iglesia también se ha vuelto monstruoso, desastroso.  Yo tiemblo ante la deposición del ahora ex-cardenal McCarrick cuya persona carismática encantó y sedujo a incontables jóvenes.  Todos pierden aquí.  Un libro recién publicado acerca de la oración por los sacerdotes comienza con la autora —una mujer devota— emocionándose acerca de la casi perfecta homilía de McCarrick cuando inició el Año por los Sacerdotes en el 2009.  Qué diabólico es el corazón dividido; qué mortificante para los devotos.

Así que oramos.  Para este converso como yo, esto significa dejar de lado los sueños infantiles de la Iglesia; significa examinarla a través de los ojos de un adulto, ver sus defectos mientras contemplamos su belleza subyacente.  Eso toma trabajo.  Estoy convencido de que podemos discernir la verdad del pecado, esquivado hábilmente por hombres mayores en los que deberíamos poder confiar, mientras no permitimos que el pecado destruya nuestra visión de lo que ella puede ser.  La verdad: ella necesita nuestras oraciones y discernimiento.  Si la abandono, ella sufrirá.  Yo también sufro.  Enfermo por el pecado —el de McCarrick, el mío, el nuestro— debo escupir mis desperdicios y comer a Jesús.  Extraño: en su aspecto más feo, necesito la presencia de Jesús por parte de ella más que nunca.  Somos uno.  La cabeza y el cuerpo no pueden estar separados.

¿Qué oramos?  Primero por las ovejas devoradas por los pastores: que los abusados sean respetados, escuchados y restaurados.  Por un milagro de la misericordia, ¿podría la casa de los horrores convertirse por los heridos en un hogar que sana?

En segundo lugar, disciplina para los que cometieron abusos.  La principal forma en que liberamos sanidad para las personas abusadas es verificando que en verdad él/ella fue abusado(a), que el abusador cometió un acto criminal, y que tanto la Iglesia como el estado le pidan que rinda cuentas por sus actos.  Por una vez estoy de acuerdo con el comité editorial del periódico NY Times: “Los sacerdotes a quienes se les demuestre de manera creíble que abusan de niños deben ser expulsados del púlpito e identificados ante las autoridades civiles; los obispos que encubran sus acciones deben ser despojados de su investidura y expuestos, y la orden para hacerlo debe venir del Papa”.

Nosotros en Kansas City tenemos el honor ambiguo de ser la primera diócesis en la historia del mundo en que un gran jurado investigue a su obispo por haber mal manejado el caso de un sacerdote que se hace el tonto en cuanto a la pornografía infantil (ahora en la cárcel).  Aunque el buen Obispo Finn no fue despedido por el Papa, se vio obligado a dimitir en el año 2015.  Nuestra propia diócesis sirvió como el campo de pruebas para que el estado refinara a la Iglesia.  ¡Oremos para que la Iglesia actúe ante la corte!  Podemos orar para que el Papa se una a la Iglesia global a disciplinar a los pastores abusivos y sus obispos protectores.  Cualquier cosa menos que esto vuelve a herir a las ovejas abusadas.  Ya basta de charlatanerías sobre los horrores del abuso.  Ahora la acción habla por sí sola.

Sin embargo, tenemos un problema más profundo que incluye pero no está limitado al peligro para los niños: los pastores que abandonan los votos de castidad y se comprometen con adultos consensuales.  ¿Cuál es el problema, te preguntarás?  Sólo son humanos ¿eh? ¿Realmente le duele a alguien?  Consideren este incesto espiritual —un padre que hace de un hijo o una hija su amante.  ¿No es obvio cómo esto socava nuestra confianza y fortaleza moral?

Las Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia nos llevan a la santidad —un alto estándar para la felicidad en el ámbito sexual.  Los pastores que eluden sus propios votos se burlan de esta norma —la castidad— y de Aquél que es Santo.  Los sacerdotes sexualmente divididos nos contaminan al hacer de la castidad una opción cuando es el llamado de Dios a cada ser humano.

Y tercero, oremos por la gracia del arrepentimiento de nuestros pastores.  Oren por oportunidades seguras para que ellos regresen a Aquél quien puede restaurar los corazones y los límites.  La oración nos libera para actuar y tener esperanza de nuevo.  Después de todo, ¡estamos conversando con el Señor de todos!  Esa acción bien puede comenzar con nuestro regreso a Él donde nos hemos vuelto oscuros y desilusionados, comprometidos por derecho propio.

Y podemos orar con discernimiento.  Examinemos el rostro manchado de la novia de Jesús y amémosla “tan sencillamente como palomas, tan astutamente como serpientes” (Mt. 10:16).

Cuando lo hagamos, podemos estar seguros de que Dios escucha nuestras oraciones y actuará.  Después de todo, Él “se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a Sí mismo como una novia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable” (Ef. 5: 25b, 26).

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