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Misericordia Inquebrantable por los Abusados – 

“La belleza de la catedral no se opone a la cruz, sino que es su fruto”. – Cardenal Ratzinger

La otra mañana en oración me sobresaltó la imagen de un sacerdote abriendo sus vestiduras en una catedral y abusando de un niño.  El acto era tan feo mientras que el edificio era hermoso.  Sentí rabia: el niño era sacrificado en el altar de la perversión de otra persona, ¡y esto, ante el Señor! Ordenado para proteger, el sacerdote destruyó.  Y el hombre que estaba sobre él —un obispo— protegía la construcción, no al niño.

Yo quería huir de la imagen y perderme en el misterio.  Pero no pude.  Le pregunté a Dios por qué y Él parecía decir: “Ese niño revive la pesadilla constantemente.  Yo te doy una parte de ello.  El dinero no puede sanarlo; Su restauración depende de si se le cree o no y de que el sacerdote sea derrocado, junto con cualquier obispo que lo haya encubierto”.

No pude retraerme y alejarme de la pesadilla del niño.  Ser inquebrantable significa “no tener miedo de, o no tratar de evitar algo peligroso…  mirar y describir algo directamente”.

Yo descargué mi ira en oración, y pedí que se hiciera justicia en el reciente encuentro de los Obispos de Estados Unidos en Baltimore; oré para que hubiera maneras en que los obispos pudieran censurarse a sí mismos (al parecer, este asunto será abordado por una reunión mundial de obispos en febrero).  Por favor oremos por este tema crucial: a menos que los obispos sean disciplinados, no hay restauración para las víctimas.

Me di cuenta de que ese día era la Fiesta de la Basílica de Letrán, una oportunidad al año para que la Iglesia honrara la catedral del Papa en Roma, una mera construcción pero que transmite un elemento esencial sobre esta Iglesia construida sobre los apóstoles y profetas que nos indican la nueva Jerusalén.  Me sentí contrariado; en nuestra crisis de abusos, me siento tentado a despreciar a la Iglesia por lo que temo que se oculta debajo de sus antiguos credos y capas.

Y sin embargo esta fiesta bastante menor siempre ha sido mi día favorito de todos.  ¿Por qué? Mientras leo nuevamente las Escrituras —Jesús ardiendo en el templo, incinerando a sus ladrones (Juan 2), y el río fluyendo desde el templo para “hacer nuevas todas las cosas” (Ezequiel 47), recordé: esta es la Iglesia que amo —celosa en la verdad, e ilimitada en su río de vida que fluye de la Cruz en el altar— los niveles del agua suben y mis amigos y yo crecemos como árboles a lo largo de las orillas de este río santo, nuestro fruto se convierte en alimento para los hambrientos, nuestras hojas ungidas para sanar a los quebrantados (vers. 12).

¿Podría ser esta la hora, oh santo y misericordioso Jesús, cuando Tú vuelves a entrar en Tu casa y expulsas a los que oprimen a los más vulnerables y luego mienten al respecto? ¿Podrías Tú entonces agitar las aguas y liberar un gran torrente de sanación para quienes más lo necesitan? Que aquellos devorados por los ladrones en Tu casa sean restaurados por la Misericordia Todopoderosa.

Que no dejemos de orar y actuar hasta que esto se logre por los abusados.  A través del fruto de Tu sufrimiento —el torrente sanador que se levanta en medio de nosotros— pueda restaurar la belleza que Tú pretendes para Tu casa, primero para ellos y luego para todos.

“Jerusalén, sobre tus muros he puesto centinelas que nunca callarán, ni de día ni de noche.  Ustedes, los que invocan al Señor, no se den descanso; ni tampoco lo dejen descansar, hasta que establezca a Jerusalén y la convierta en la alabanza de la tierra”. (Isaías 62: 6, 7)

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