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“La Encarnación involucra a nuestra humanidad; es nuestra carne la que Él divinizó.  No debe ser un asunto de indiferencia para nosotros si celebramos o no la íntima unión de dos naturalezas en Cristo en el día en   que el Verbo nació según la carne…  Tal vez no hemos aprovechado las alturas a las que ha sido elevada nuestra naturaleza mediante la Encarnación”.  Padre  Adrián Nocent

 

Este tiempo de Navidad, ¿dejaremos que  el poder de la Encarnación penetre en nuestras vidas?

Yo busco esto, ya que la maravilla de Dios hecho carne me ha eludido un poco, su imposibilidad gloriosa opacada por la dualidad carne / Espíritu de mis primeras raíces cristianas.  Yo tergiversé la buena demarcación de San Pablo entre los dos en una visión gnóstica, parcializada del Espíritu Santo como buena, mis deseos corporales, como malos; Jesús la luz que entró pero que de alguna manera no destronó mi oscuridad encarnada.

Eso silenció el poder de cómo la humanidad de Dios alteró para siempre la mía.  La verdad es que la Navidad significa que el pesebre de nuestra humanidad se ha convertido en un palacio.  ¿Cómo?  Dios entró e irrevocablemente la transformó.  Mediante Su divinidad, el Jesús hombre nos eleva hasta el nivel de lo divino.  El basurero de nuestras vidas se convierte en un terreno fragante y acogedor cuando Él habita allí.

Los “detectores de basura” deben aprender a oler las rosas.  Para dicha transición, ¡los 12 días de la Navidad pueden no ser lo suficientemente largos!  Debemos pasar tiempo en la cuna, reflexionando sobre lo que Dios ganó por nosotros en Su nacimiento.  “Realmente es nuestra pobre carne y huesos los que se encuentran allí en la cuna; es nuestra carne la que muere con Él y es enterrada con Él…  ¡Mira la cuna!  En el cuerpo de este pequeño niño, en el Hijo de Dios Encarnado, tu carne en toda su angustia, ansiedad, y tentación, de hecho todo tu pecado, nace, es perdonado, y sanado” (Bonhoeffer).

Esas son noticias acogedoras para las personas con atracción hacia el mismo sexo quienes son azotados a diario con el engaño de que el “Yo gay” y el “espíritu” son naturalmente buenos, incluso divinos.  Qué refrescante recordar la aplicación que hace San Pedro acerca de la Encarnación a una Iglesia que sufre bajo falsos maestros: “Su divino poder nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda…  Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina” (2ª Pe 1: 3, 4).

La Encarnación libera a la humanidad para que participe en Su naturaleza divina y así llegue a ser moralmente hermosa en una era corrosiva, perversa.  Darse cuenta de dicha belleza por supuesto que requiere de tiempo y esfuerzo.  Pero nosotros proseguimos, sabiendo muy bien que Aquél que es más grande vive dentro de nosotros y liberará nuestra humanidad de un sinnúmero de fuerzas que de otra manera nos quebranta y nos ridiculiza.  Nosotros nos convertimos en un frente unido, la Gloria Misma que asciende en nosotros y eclipsa todos los clamores que nos deshonran.

Todo es posible, porque Él vino e hizo del pesebre un palacio.

“Él levanta del polvo al desvalido y saca del basurero al pobre para sentarlos en medio de príncipes y darles un trono esplendoroso” (1 Sam 2: 8)

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