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(No) Ver, (No) Creer

 

Vacío y cansado de hacer el bien, me sometí a los tontos —fantasías que me empujaron hacia mi vacío como aguas residuales.  Yo era tan deseado y excitante como los que me rodeaban.  Yo quería que mi sueño se hiciera realidad.

Apenas capaz de elegir otra cosa, lo hice.  Por la gracia sola (y la ayuda de un amigo), me dirigí a Misa en un pueblo extraño y los ojos fijos en el Crucificado que se encontraba sobre el altar.  Portando mi pequeña cruz, abracé a Jesús y me escondí en Su costado herido.  Cuando el sacerdote leyó el Evangelio —Juan el Bautista quien tras ver a Jesús por primera vez declaró: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1:29) —este pecador escuchó esas palabras por primera vez.  Vi al Salvador.

Aunque mi corazón era un completo desorden, mi mirada era clara sobre Aquél que podía ordenar mis afectos y liberarme de mis demonios.  Yo era el mundano cuyo pecado necesitaba ser borrado.  Yo me maravillé de una verdad que nunca había reconocido: ¡Dios se convirtió en el cordero!  Antes de Jesús, los hombres utilizaban los corderos para expiar los pecados pero ahora Dios Todopoderoso es el sacrificio.  Yo pasé a través de Su pureza hacia el sangriento desorden en que Él se convirtió y emergió blanco como la nieve.  Guau.  Por unos pocos momentos brillantes, el cielo descendió a esta vasija que soy yo, eliminando la podredumbre e impartiendo vida.

Yo soporté una homilía tonta acerca de cómo todos nosotros ahora somos como “pequeños corderos” y devoramos el santo alimento.  Yo me regocijé: “¡Jesús me salvó! ¡De nuevo! Sólo Él es el Cordero y yo lo seguiré a donde quiera que Él vaya.  Donde Él está, yo soy libre”.  Sobrio y agradecido, me di cuenta del boletín de la parroquia que presentaba a una pareja identificada como “gay” exaltando cuán acogidos se sentían en esta iglesia.

¿Qué? ¿En el lugar del gran intercambio, el mismo sitio donde el Cordero quita el pecado y reordena los corazones?  Celebrar el amor “gay” ante el Crucificado me golpeó de una forma tan contundente como una niña vendedora de cigarrillos que ofrece sus mercancías en una clínica de cáncer de pulmón.

¿La diferencia?  Jesús entregó Su vida para restaurar la nuestra.  El Cordero ofrece más que la quimioterapia  —Él nos da una nueva vida, transfiriendo Su mismo ser al nuestro con una ofrenda de agua, sangre y Espíritu (1ª Jn 5: 7, 8).  ¡Qué débil y miope la Iglesia para poner anteojeras a sus miembros para desviar su mirada en el Cordero hacia vínculos sexualmente inmorales!  Señor, ten piedad.  Jesús sí tiene misericordia para todos los que tienen ojos para ver.  He aquí el Cordero que quita todo nuestro pecado…

 

 

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