Casa > aguas vivas > Orgullo: La Tontería de Probarnos a Nosotros Mismos

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“Cuando nos atribuimos el mérito por nuestras vidas y logros, cuando vemos nuestras vidas como productos de nuestro propio esfuerzo en vez de verlas como regalos, casi caemos en la idolatría en la cual la criatura se niega a darle el mérito al Creador”.
Willimon

El orgullo es la madre de todos los pecados. Aspirando a ser dioses y desafiando a Aquél, la pareja original de Adán y Eva abrió el camino al este del Edén que cada uno de nosotros ha pisado desde entonces. Es sólo la forma en que somos. Aparte de nuestra autoestima o falta de la misma, el más afirmado y descuidado de nosotros parece condenado al afán de probarnos a nosotros mismos. Nos apuramos a ensalzar pero nos olvidamos de Aquél que pide que seamos todavía y sepamos que ÉL es.

El orgullo es ruidoso, tanto es así que la lista original de pecados capitales puestos juntos por el padre del desierto Evagrio implicó 8, con el orgullo como la fuente de todos los demás. En vez del “orgullo”, los 7 pecados capitales de Gregorio el Grande mencionaba la “vanagloria”, que es una manifestación primaria del orgullo, la motivación de parecer más grande de lo que uno realmente es. Las listas más recientes abarcan la vanagloria dentro del orgullo. Estos siete son notables por cuán generativos son. Al igual que el orgullo engendra vanagloria, cada uno es considerado “cardinal” ya que cada uno genera mucha “sucesión” pecadora.

“Vanaglorioso” describe bien mi incursión en el “Yo gay” y sus amigos. Criado por padres que valoraban la autoestima por encima de todo lo demás, difícilmente podría decir yo que mi perversión estaba anclada en el odio hacia mí mismo. Yo era simplemente vulnerable a un mundo impulsado por la vanidad, en particular, impulsado por hombres vanos como yo que buscaban algún tipo de explosión masculina que llenara el dolor. Era un mundo ruidoso, lleno de clamor por atención. Fue sensacional recibir esta atención pero difícil regalarla. Yo no pude aguantar la carga.

Intuitivamente, yo sabía que necesitaba a Jesús y que seguirlo significaba dejar la vida gay. Yo también sabía que no quería dejarla. Jesús era efímero y los amigos eran reales; ahí radicaba la batalla. Sin embargo, respondí a Su llamado a seguirle. El orgullo era mi principal enemigo. Yo veía con cierto desprecio a los cristianos devotos como inadaptados inútiles. Pura proyección: yo estaba ciego y era perverso, desesperadamente necesitado. Necesitaba ser salvado y Jesús gentilmente se reveló a Sí mismo como el Salvador. Sin embargo, mis esfuerzos demacrados en probarme a mí mismo persistieron, tanto así que estas fueron las primeras palabras que le escuché a Jesús decirme: “A menos que te humilles, no puedo hacer nada contigo”. El orgullo, el impulso de probarme a mí mismo como la persona inteligente, atractiva, deseada, casi hundió a este converso.

Pero el amor de Jesús se impuso y ganó mi adoración; enfocarme en Su presencia se volvió más importante que la preocupación por mí mismo. Eso fue muy práctico cuando los amigos en manada me rechazaron por cuestionar la validez de mi “Yo gay”. Sin embargo, yo no podía negar la profundidad de mi atracción hacia personas del mismo sexo. En su persistencia inquietante, descubrí la clave de confiar en Aquél. Sólo Su amor podía llegar a lo profundo de mi ser, incluso y especialmente a la luz de los deseos desordenados. Llegué a regocijarme en mi desorden como el medio a través del cual Dios me humilló y se mostró a Sí mismo como suficiente.

Hoy en día enfrento la tentación del fariseo de dar “gracias a Dios de que no soy como los demás hombres” en sus inmoralidades obvias (Lc 18: 11, ver vs. 9-14). Yo ahora peco de manera silenciosa. Pero el orgullo por mi castidad y mis “valores familiares” es superado fácilmente por episodios de egoísmo crónico por los cuales yo sólo puedo “quedarme a cierta distancia, mirar hacia abajo, golpearme el pecho y decir: ‘Dios, ten misericordia de mí, un pecador'” (v.13). El pecado persiste pero la gracia abunda y libera a este cautivo del engaño orgulloso y religioso.

“Señor, Tú estableces la paz en favor nuestro, porque Tú eres quien realiza todas nuestras obras” (Is 26:12).

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