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“Brillen como estrellas en el firmamento, manteniendo en alto la Palabra de Vida”

(Fil. 2: 15, 16).

Termina una temporada de silencio: ahora volvemos a los aeropuertos, los pagos de servicios, el manejo de personal y las decisiones, grandes y pequeñas.  El 2020 marca nuestro año número 40 como ministerio.  Abordaré la calma alrededor de los bordes para reflexionar sobre dónde hemos estado y hacia dónde nos dirigimos.

Ayuda confiar en que se ha sembrado la Palabra profundamente en nuestros corazones y que producirá frutos —Su voluntad profundizándose, creciendo e irrumpiendo según Él lo crea conveniente.  Nosotros nos ponemos ante Él para reflejar algo glorioso, Su misma Presencia avivando lo que le agrada a Él, ya sea a todo volumen o en encuentros silenciosos.

Yo vislumbré esto la semana pasada cuando mi hijo Nick predicó un excelente sermón sobre la “sagrada familia” (después de mucho consejo, él sabiamente no hizo alusiones a la nuestra).  Luego, una joven desconocida para mí pero una gran admiradora de Nick me preguntó quién era yo.  Cuando ella descubrió que yo era el padre del predicador, me aduló un poco y yo le dije: “Gloria reflejada”.

Así es con cada uno de nosotros.  La Luz ha amanecido en nuestra oscuridad —la Palabra ha encontrado buena tierra en el suelo quebrantado de nuestras vidas y suplica que se despliegue.  ¡La gloria de Dios nos incita, Su silencio suplica ser irrumpido por la Palabra declarada!

Aquí vemos la genialidad de esta temporada de la Iglesia.  El Adviento comienza con la promesa de la Luz, con la Navidad la Luz amanece en Jesús, y ahora en la Epifanía —la manifestación de Cristo a través del testimonio de nuestras vidas.  La Epifanía nos saca de lo que puede convertirse en una cultura encarnada de misales, cuentas, santos de postales y devoción deslumbrante.  Sí, el caos exterior e interior exige tranquilidad.  Pero la Palabra exige escuchar a través de la historia de nuestras radiantes vidas desordenadas.

¡Muestren a Cristo!  ¡Utilicen las palabras!  Rompan el silencio entre ustedes y una gran cantidad de criaturas encantadoras que están en la oscuridad y sólo escuchan sus propios discursos y narrativas serpenteantes y quebrantadas.  Yo quiero que todos sepan que Jesús puede sanar cualquier cosa “LGBT+”.  Él supera nuestra tendencia a estancarnos en estados erróneos de “sentimiento”.

Al no decir nada, alimentamos a los poderosos engañados que criminalizan nuestras buenas nuevas.  Cada nuevo candidato presidencial quiere prohibir la “terapia reparativa”.  Recuerden, esto no es acerca de un tipo de consejería.  Esto es acerca de silenciar a cualquier persona que tenga el valor de decir: “Yo no estoy seguro que la identificación LGBT+ sea la mejor expresión de tu verdadero Yo”.  Caminemos juntos en Jesús; Él te mostrará quién eres tú…”

Nuestras vidas transformadas lo dicen mejor.  Prestemos atención a la palabra de Dios a Jeremías: “Si evitas hablar en vano, y hablas lo que en verdad vale, tú serás mi portavoz” (Jer 15:19).  Sin duda alguna, el silencio nos ayuda a separar el trigo de la paja, qué decir y qué no.  San Juan Pablo nos aconseja sabiamente: “Necesitamos aprender un silencio que permita que el Otro hable cuándo y cómo Él lo desee”.

Sensibilizada por el silencio, la Palabra ordena escuchar —tesoros de la oscuridad listos para convertirse en fuegos artificiales.  Esta es nuestra temporada para brillar: Dios revelándose a Sí mismo a través de nuestro testimonio de Su amor transformador.

Yo no olvidaré tan pronto la invitación de Jesús en noviembre pasado para declarar ese amor ante el Consejo de Kansas City.  Atrapado entre las mentes oscuras de ese Consejo y varias filas de disgustados activistas LGBT+, yo declaré varias verdades que provocaron una ira satánica.  Se desató un rugido cuando el Espíritu me indicó que declarara que las personas como yo merecen alternativas, que nosotros los que buscamos la castidad somos ahora la minoría en peligro de extinción, y que el Consejo de ninguna manera estaba listo para votar sobre algo de lo que no sabían nada.

Sorprendido por mis propias palabras, me di cuenta que éstas no eran completamente mías, en el Espíritu de Lc.12: 11-12: “Cuando los hagan comparecer ante los gobernantes y las autoridades, no se preocupen de cómo van a defenderse o de qué van a decir, porque en ese momento el Espíritu Santo les enseñará lo que deben responder”.

Mientras la Palabra recibida en silencio arda en nosotros, avívenla hasta que se convierta en llamas.  Hablen.  Confíen el fuego al cielo.  Brillen.

“Si digo: ‘No me acordaré más de Él, ni hablaré más en Su Nombre’, entonces Su Palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos.  He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo más” (Jer. 20: 9).

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