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Pentecostés en Asia: El Viento de la Guerra

“Sin vacilar les he proclamado todo el propósito de Dios” (Hechos 20:27).

“La orientación sexual es inmutable al cambio”.  Tribunal taiwanés sobre por qué este país se convirtió en el primero en Asia en iniciar el matrimonio “gay”.

Nuestro equipo estadounidense se reunió con treinta sanadores heridos y líderes de toda Asia en vísperas de Pentecostés en Manila.  Estos hombres y mujeres de Filipinas, Tailandia, China y la India habían sido golpeados por fuerzas esclavizantes en sus culturas: familias quebrantadas por la pobreza que hizo que sus vidas jóvenes fueran vulnerables al abuso, la adicción a la pornografía, la desorientación de género y el ocultismo.  Su caos interno está dulcemente cubierto por la cultura del “rostro salvador” de Asia donde lo más vergonzoso es admitir el propio quebrantamiento, especialmente en lo que se refiere a la deshonra sexual.  Uno aprende a reír en vez de llorar, a cubrir las heridas en vez de exponerlas.  Muchos de nuestro equipo se habían tambaleado al entrar en la edad adulta y en los brazos cariñosos de Jesús a través de valientes iglesias, que les proporcionaban Aguas Vivas.

Nuestros queridos amigos Benjie y Hazel Cruz iniciaron Aguas Vivas en Filipinas (yo conocí por primera vez a Benjie en Bangkok, Tailandia en el año 2001 donde él buscó sanidad para su AMS y recibió una visión para sanar a su país); ¡poco sabía él que él y el equipo se convertirían en el centro para llegar a un continente!  Nosotros nos reunimos como un ejército de Gedeón y ofrecimos a Dios nuestra debilidad, nuestro cansancio y nuestra incapacidad para satisfacer las necesidades de 70 participantes católicos y evangélicos que vinieron y necesitaban una sanación profunda y capacitación para sanar a otros.  Dado que Taiwán pocos días antes se había convertido en el primer país asiático en iniciar el “matrimonio homosexual”, nos dimos cuenta que nos enfrentábamos a otra fuerza esclavizante: la apostasía occidental de que el “Yo homosexual” es genético e inmutable, la única solución para las personas vulnerables.

Esas personas quebrantadas ante el Dios de la Misericordia lo saben mejor.  Las vidas quebrantadas necesitan transformación, no más deformación a través de la conformidad a los derechos individuales infructuosos.  Jesús libera de las heridas a las personas en la esencia de las identidades desordenadas.  Nosotros oramos para que un nuevo viento de Pentecostés nos empoderara para librar la guerra contra el engaño, ofreciendo toda la verdad del Evangelio.  Cuando recibimos nuevamente Su amor, nosotros renovamos nuestra promesa de ser fieles a Jesús y a Asia.

Dios nos recordó de Ezequiel 37 cuando le sometimos nuestros “huesos secos” a Él, para que Él nos uniera a Él mismo en amor íntimo y nos enseñara a someternos unos a otros para que manifestáramos todos los dones espirituales necesarios para traer sanidad a la tierra.  Y Dios dijo: “Yo te daré mi aliento, y volverás a la vida…”  Yo profeticé como Él me mandó, y el Espíritu de Pentecostés cayó sobre nosotros ese domingo mientras adorábamos y nos imponíamos las manos los unos a los otros.

Para cuando todos llegaron, el equipo estaba lleno de fuego para declarar cómo la gloria de Dios había superado la deshonra y la desorientación de nuestras vidas; más de la mitad de ellos venían de trasfondos homosexuales, y nosotros pudimos dar testimonio con honestidad (como lo hizo cada miembro del equipo) que la misericordia, el orden y el honor, no la vergüenza, se han convertido en nuestro fundamento y corona.  Obviamente, el gobierno taiwanés no sabe lo que Jesús y Su Iglesia pueden lograr en los santos.

Después de que el equipo compartió, nosotros invitamos a todos a reunirse en torno a la Cruz, y la Misericordia Todopoderosa cayó como fuego sobre aquéllos que estaban atados por la vergüenza.  Las cadenas se rompieron y los ojos volvieron a ver a Jesús.  “Radiantes están los que a Él acuden; jamás su rostro se cubre de vergüenza” (Sal 34: 5).  Nuestro glorioso Dios está reuniendo un ejército glorioso y humilde en Asia; allí, el viento de Pentecostés empodera a un pueblo a declarar la guerra a la esclavización humana.

“El aliento de Dios entró en ellos; entonces los huesos revivieron y se pusieron de pie. ¡Era un ejército numeroso!” (Ez. 37: 9, 10)

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