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Pequeños Monstruos –

Los continuos descubrimientos de hombres que han actuado mal (Les Moonves del Canal CBS, las nuevas evidencias contra Weinstein, el Cardenal McCarrick y sus compinches, cientos de sacerdotes estadounidenses que cometieron abusos en la segunda mitad del siglo XX) pueden tentarnos más a disgustarnos que a autoexaminarnos.  En este punto me refiero a mis hermanos que pueden no ser grandes protagonistas en la Jerarquía Católica o los medios católicos, pero que no les es ajena la desintegración sexual —formas en que hemos malgastado nuestros poderes de vida y amor.

El ciclo es demasiado conocido: alto estrés, poca importancia, dolor creciente, palabras decrecientes, placer sensacionalista, mayor vergüenza, asuntos más riesgosos, vergüenza cada vez mayor, enormes consecuencias si son descubiertos, SILENCIO.  Hasta que se ven expuestos.  Entonces el foco del escarnio público quema la esperanza de la restauración.

Es posible que nunca hayamos coaccionado sexualmente a otra persona, pero nuestros pecados de omisión y comisión sin duda alguna han herido a otros.  Y han quebrantado nuestra dignidad.  Damos gracias a Dios por no ser malhechores, pero compartimos la herida de la corrupción común a los hombres, el deseo desordenado que resulta de confundir la liberación sexual aleatoria con el poder.  Luego el engaño: “esto es lo que necesito”, o “a él/ella le gusta”.

Esto es especialmente trágico cuando se combina con la religión.  Muchos de los sacerdotes abusadores eran ortodoxos en su comprensión de la pureza.  Ellos simplemente predicaban pero no aplicaban.  Dominados por la lujuria y la vergüenza, aprendieron a compartimentar, a vivir en otro planeta, a desconectarse del lamento de una conciencia moribunda y conjurar un mundo irreal.  Entonces la religión se convierte en parte de la defensa contra la realidad.  Anoche soñé sobre un sacerdote que se ataviaba fuertemente de indumentarias académicas y espirituales; en lugar de guiarlo o limpiarlo, estas prendas lo protegían pero luego lo momificaban, acelerando una muerte vergonzosa.  “Si la religión no te hace una mejor persona, puede convertirte en alguien mucho peor”, por citar a C.S. Lewis.

¿Qué buen propósito pueden tener estos monstruosos pecados?  Pueden revelar nuestros pequeños monstruos, hombres, e invitarnos a hacer urgente y persistentemente lo que Weinstein, Moonves y McCarrick nunca hicieron: “podemos exponernos ante el trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude” (Heb 4:16) de modo que nuestros pequeños monstruos permanezcan pequeños y dejen de gobernarnos.  En vez de eso, nosotros los domesticamos y aprendemos a dirigir nuestras energías sexuales en alineación con la dignidad que Dios y Sus amigos nos otorgan.

Debemos ser los primeros en confesar nuestros pecados, en revelar a nuestros monstruos antes de que la vergüenza nos silencie y permanezcamos en la oscuridad.  La presunción y el orgullo se desvanecen, y el camino angosto que conduce a la vida se ilumina por nuestros hermanos.  Eso es precisamente lo que nosotros como hombres logramos juntos en Aguas Vivas.  Vivimos a la luz de la misericordia por 6 meses de una diaria rendición de cuentas; la conexión en vez del aislamiento vergonzoso comienza a definir nuestras vidas.

Al sacudirnos y exponer cosas monstruosas, podemos caer sobre la Roca antes de que ésta caiga sobre nosotros.

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