Casa > aguas vivas > Pereza: Un Suicidio Lento

 

“La pereza es un tipo de dolor opresivo que deprime tanto a un hombre, que él no quiere hacer nada” Santo Tomás de Aquino

No hace mucho tiempo me enfrenté a una serie de acontecimientos que me tentaron hacia la desesperación. Yo no tiendo a la desesperanza ni la depresión que ésta engendra. Descubrí a ambas en esa dura temporada. Lo que me asustó fue mi tentación de no luchar contra el bajo techo oscuro que se había instalado en mi vida. Sin esperanza, sin aspiración, sin acción. Fantaseaba con tirar la toalla y no hacer nada. La pereza quería a mi alma.

Las decepciones de una cierta magnitud y frecuencia que convergen para convertirse en desesperación: ese es el terreno fértil de la pereza. Y la pereza nos seduce hacia ese atolladero y nos consuela: “Descansa aquí, aquí en la oscuridad. ¿Ves? Dios no actúa en tu favor. Deja de luchar; entrégate a la corriente oscura de la tristeza”. Pablo se refiere a la pereza cuando describe la “tristeza del mundo que produce la muerte”, en contraste con la tristeza que proviene de Dios la cual inspira a volver a Él mismo, que es la Esperanza (2ª Co. 7:10).

Según Joseph Pieper, la pereza es el pecado más grave de todos porque rechaza a Dios. La pereza nos seduce hacia la incredulidad. Sin Dios y sin esperanza, hay muerte. Podemos no ser conscientes del lento dominio de la pereza debido a las falsas emociones. Dichos sentimientos se disfrazan como legítimos: “Estoy de duelo, estoy siendo real, finalmente soy auténtico”. Pero el verdadero dolor nos atrae hacia Jesús, al igual que la evaluación realista de nuestro estado de desesperación. La pereza se eleva por encima de Dios; nos impulsa a dejar de un lado la cruz y cubrirnos de una resignación impía, de lástima hacia uno mismo.

La pereza tiene recompensas inmediatas. Si no hay esperanza, entonces ¿por qué intentarlo? ¿Y por qué preocuparse por Dios? Si bien Él  no existe o no se preocupa por mí lo suficiente para actuar, entonces ¿por qué no mejor comer, beber y drogarse para olvidar tus penas? Libérate del yugo moral y agrégale también un poco de fornicación…

Yo he sido testigo de un tipo inquietante de pereza que alimenta al movimiento “gay Cristiano”. Aquí un grupo de personas que dicen que Cristo es su Fuente, se olvidan de Él como el Redentor de su sexualidad con el argumento de que las raíces “gay” son más profundas que el Río de la Vida. Entonces la conclusión errónea: “Él debió crearme así…” Insistiendo en el realismo, el “Cristiano gay” se conforma con menos, un fatalismo terrible bordeado por el bajo techo del “Yo gay”.

¿El retorno? No hay necesidad de aspirar a la fecundidad, a la plenitud de lo que Jesús quiere para nuestros seres sexuales. Es un trabajo duro convertirnos en quienes somos: sacudirnos años de temores, heridas y rebelión y comenzar a emerger para convertirnos en las personas del diseño de Dios. La pereza nos da una salida: ser algo distinto de lo que Dios dice que eres.

Joseph Pieper lo dice mejor: “El que está atrapado en la pereza no tiene el valor ni la voluntad de ser tan grande como realmente es. Prefiere ser menos grande para evitar la obligación de la grandeza”. En verdad esta es la temporada para despertarnos a nosotros mismos, sacudirnos todos los vestigios de la desesperación y despertarnos un poco los unos a los otros. Necesitamos incitarnos unos a otros en cuanto a la castidad y de la fecundidad y rehusarnos a las “salidas” perezosas.

“Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca” (Heb. 10: 24, 25).

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