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Plenitud Restaurada

por Marie

Dos veces he discernido el llamado al matrimonio.  Una vez con una mujer y una vez con un hombre.

Soy una mujer impulsada por mi deseo de amar plenamente, de entregarme plenamente a quienes forman parte de mi vida.  Mi deseo de amar y mi comprensión de la mejor manera de dar amor se distorsionaron debido a un trauma significativo cuando tenía 5 años de edad; muchos encuentros misóginos después reforzaron esa herida.  A finales de mis años como adolescente, me confundí completamente cuando mi mejor amigo me violó.  No había perdido mi deseo original de amar tan plenamente como podía; aun así, no pude encontrar un lugar seguro para que mis deseos aterrizaran.

Unos años más tarde, después de más encuentros inquietantes con hombres, me enamoré de mi mejor amiga, una mujer.  Ella era segura y parecía satisfacer mi deseo de amar y dar plenamente.  Esta fue una experiencia conflictiva porque también amaba mi fe católica y conocía sus preceptos morales.  Sin embargo, este vínculo hacia el mismo sexo era atractivo y poderoso: me ofreció el abrazo más seguro que había conocido desde que tenía 5 años.

Estuvimos juntas durante años, completamente comprometidas la una con la otra.  Queríamos casarnos.  Hablamos de esto a profundidad.  Pero cada vez que me acercaba más a hacer ese compromiso total, a proclamar nuestro amor públicamente, me detuvieron mis preguntas sin respuesta sobre el amor y el matrimonio.  ¿Qué son éstos, en verdad?  Yo tenía este doloroso sentimiento en lo profundo de mi alma de que nuestra relación carecía de plenitud, que nuestra “igualdad” biológica siempre evitaría esa plenitud.

A punto de salir del closet y encaminada hacia el matrimonio “gay”, llevé esas preguntas a la Iglesia por última vez.  A través de la voz de un buen sacerdote, la Iglesia pronunció palabras de amor, comprensión, bondad y esperanza sobre mí.  La Iglesia tenía una respuesta para mis preguntas, una respuesta que confirmó mi deseo original de amar plenamente.  Fue una respuesta que reconoció las buenas maneras que estaba tratando de amar y al mismo tiempo corregir las formas en las que había sobrepasado los límites establecidos por la naturaleza.

Esta respuesta estableció un camino para restaurar los límites que habían sido quebrantados por traumas pasados.  Esta respuesta bendijo mi feminidad y defendió las formas en que mi feminidad había sido asaltada.  Esta respuesta fue una conversación de 5 horas que me sostuvo y me escuchó.  Desde entonces, he estado descubriendo la verdad de esas respuestas.

Honestamente, nunca pensé que volvería a discernir preguntas sobre el matrimonio.  Me contentaba con vivir la castidad ya sea por vocación religiosa o por la vida de soltera.  Todavía estaba buscando un lugar seguro.  El Señor supervisó un trabajo largo y completo en mí que abrió la posibilidad de que un hombre se convirtiera en un lugar seguro para aterrizar mis deseos de amor y autoentrega.

Aun así, el impacto de la misoginia de mi traumática historia continuó causando estragos en mis relaciones con los hombres y (hasta cierto punto) con el hombre con el que me comprometí.  Eso surgió en la sesión de Aguas Vivas sobre “Restaurando el Honor de la Mujer”.  Cuando pude ver a TODOS los hombres del grupo reconociendo el daño hecho, me quebranté y Jesús me liberó de manera visceral de un feo depósito de misoginia que había ido creciendo en mí a lo largo de mi vida.

Ahora me encuentro a punto de entregarme plenamente ―espíritu, mente, historia, corazón y cuerpo― a un buen hombre a través del sacramento del matrimonio.  Me caso este mes.  Nada será retenido, la plenitud de quien soy será dada y recibida y encontrará vida en la plenitud de quien es él.

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