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Por los Devorados –

Los pastores que abusan de las ovejas las consumen; devoran su dignidad, confianza y fe.  Las Escrituras aclaran esto en Ezequiel 34 cuando Dios a través del profeta clama contra los pastores que “se beben la leche, se visten con la lana, y matan las ovejas más gordas” (vers. 3).

No hay una mejor descripción del impacto del abuso por parte de clérigos: demonizados consumidores en collares que devoran a los inocentes y los dejan con heridas abiertas y partes faltantes.

Los abusadores llevan a sus presas al “día oscuro y de nubarrones” (vers. 12) donde se convierten en “alimento para todas las fieras salvajes” (vers. 5).  Cualquier persona abusada por sacerdotes depredadores se vuelve vulnerable a una serie de compromisos morales, espirituales y relacionales.  Otros depredadores huelen la sangre y disciernen la desorientación de aquéllos debilitados por el abuso.  No es de extrañar que una cantidad desproporcionada de adultos que se identifican como LGBT+ hayan experimentado abuso sexual cuando eran niños.  Y ahora se resisten a la Iglesia como una comunidad sanadora.

Nosotros como cristianos debemos tomar en serio la forma en cómo el abuso por parte de clérigos y su encubrimiento han alimentado comunidades alternativas que celebran los pecados contra la castidad.  Sus pecados exóticos brotan de nuestro suelo tóxico.  Miren a Irlanda —la que una vez fue el orgullo del Catolicismo europeo.  La reciente exposición de los grotescos y ocultos abusos de la Iglesia irlandesa ha dispersado a las ovejas allí y las han empoderado en los últimos dos años para votar en un primer ministro “gay”, matrimonio “gay” y derecho al aborto.

A menos que y hasta que confesemos y renunciemos a nuestra autoprotección (en lugar de proteger a las víctimas), limitamos nuestra autoridad para llamar a los pecadores al arrepentimiento.  ¿Cómo podemos defender la castidad cuando nuestros pastores se comen a las ovejas y no los corregimos en nombre de quienes fueron devorados?

Ezequiel establece una acción decisiva hacia los pastores y sus colaboradores.  Para aquéllos que conocían y minimizaron la devastación, el profeta reprende: “¡Ay de aquellos pastores que solo se cuidan a sí mismos! ¿Acaso los pastores no deben cuidar al rebaño?” (vers. 2)

Los pastores de los niveles más altos de la Jerarquía Católica deben hacer exactamente lo que Ezequiel declaró: “Esto es lo que dice el Señor Soberano: ‘Yo estoy en contra de mis pastores y les pediré cuenta de mi rebaño.  YO LES QUITARÉ LA RESPONSABILIDAD DE APACENTAR A MIS OVEJAS, Y NO SE APACENTARÁN MÁS A SÍ MISMOS.  Arrebataré de sus fauces a mis ovejas, para que no les sirvan de alimento’” (vers. 10).

La aplicación es obvia.  Comenzando desde arriba con el Papa Francisco, es necesario empuñar una espada para cortar de la Iglesia a todos los sacerdotes que abusaron sexualmente de cualquier persona, así como a cualquier supervisor (cardenales, arzobispos, obispos, etc.) que sabían que las ovejas estaban siendo devoradas y se hicieron los de la vista gorda.  Los fieles no deben tolerar nada menos.  La dispersión de las ovejas y el aumento de la maldad en nuestra tierra no exigen nada menos.

Los devorados sólo pueden ser restaurados cuando la Iglesia reconozca su complicidad con los depredadores.  ¡Los abusados no pueden sanar mientras los pastores desintegrados deambulan indisciplinados por la Iglesia!  La inacción habla más fuerte que las dulces disculpas; minimiza el sufrimiento de las víctimas y mantiene un entorno inseguro para todos.  Tenemos que dejarlo ir decisivamente para asumir nuestro mandato de vendar a los heridos.

Sólo entonces se cumplirá la promesa de Ezequiel en cuanto a la restauración de los devorados.  Como miembros del Buen Pastor Jesús, nosotros debemos “buscar a las ovejas perdidas y recoger a las extraviadas; debemos vendar a las heridas, pastoreando con justicia… Ya no serán devoradas por las fieras. Vivirán seguras y nadie les infundirá temor… ya no sufrirán hambre en la tierra, ni tendrán que soportar los insultos de las naciones. ‘Yo soy su Dios y ustedes son mis ovejas, las ovejas de Mi prado’ declara el Señor Soberano” (vers. 16, 28-31).

 

 

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