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Por qué el Género Importa 6: Cuerpos Celestiales –

Todos los domingos me siento bendecido con la presencia de una joven familia de seis miembros que normalmente se sienta en la banca frente a mí.  Lejos de sentirme molesto por las pataletas, bostezos y peleas que surgen en el servicio religioso, yo los disfruto.  Me maravillo de los dos padres que ajustan pacientemente las actitudes y los asientos; a través de este prisma de vida, yo contemplo la Cruz y la comida de la comunión y me doy cuenta de que de eso es lo que se trata de esto: un hombre y una mujer que se someten el uno al otro por reverencia a Jesús (Ef 5:21) y abren camino para las vidas más jóvenes para que hagan lo mismo.

Yo pienso en nuestros hijos adultos esparcidos por las iglesias de Kansas City y confiamos en que Annette y yo hicimos algo similar por nuestra familia.

La diferencia de género —y la armonía en esa diferencia— apunta más allá de sí misma; ésta nos ofrece una visión del cielo.  Correctamente ordenada, la danza de la masculinidad y la feminidad —el deseo y la restricción, la iniciativa y la respuesta, la fecundidad y la frustración— nos da una ventana a nuestro destino cósmico.

Déjenme explicarlo.  Nosotros somos hechos a Su imagen como hombre y mujer.  Bíblicamente, no sabemos mucho más acerca de esa “imagen” excepto que es una realidad de género.  Dios elige representarse a Sí mismo en la dualidad del hombre y la mujer juntos, una unidad dentro de una diferencia.  Después que descubrimos esta imagen de género de Dios en la humanidad (Gén 1 y 2), Dios es representado a través de las Escrituras como esencialmente masculino en que Él inicia la relación con Su pueblo (Israel, la Iglesia, etc.) y se compara con un padre/esposo/amante de Su pueblo, que se define principalmente en términos femeninos, como respondedores a Su amor.

Entonces las Escrituras resaltan la iniciativa divina y la respuesta humana.  Ésta última no es inferior a la primera.  Ambas son esenciales para revelar el Reino de Dios en la tierra.  Jesús responde y, en ese sentido “femenino” en relación con Su Padre —Él sólo hace lo que el Padre dice y hace (Jn 8: 26-29).  Y el “sí” de María a Dios es heroico, la valiente respuesta que pone en movimiento el amor salvador de Jesús por todos.

Jesús lleva esto a un nuevo nivel definiéndose a Sí mismo como un novio para una novia (Mc 2:19), una realidad que San Pablo capitaliza en Ef. 5: 22-37 cuando el apóstol compara la iniciativa de siervo de un hombre hacia su esposa —y su respuesta respetuosa— como una ventana al amor conyugal que Jesús posee para con Su iglesia, una consumación que es una futura realidad— la fiesta donde el Cordero se une completamente a aquéllos a quienes Él ama (Ap 21: 1-4).  Es por eso que Christopher West dice que el matrimonio es el comienzo de la “cumbre”.  Esa cumbre es el cielo —la fiesta de bodas— nuestra unión definitiva con Jesús.

Aquí entramos en sacramento —en este caso, la fusión del cuerpo, el alma y el espíritu en una comunión de por vida entre un hombre y una mujer.  El matrimonio ayuda a hacer concreto y tangible algo que es real pero invisible; como un sacramento, apunta más allá de sí mismo y nos ayuda a comprender una realidad espiritual misteriosa.

Yo me maravillo del poder del amor santo y armonioso entre un hombre y una mujer.  Todos somos conscientes del poder de los matrimonios quebrantados para destruir la fe y la verdadera visión espiritual.  ¿Cuánto más grande es el poder del amor fiel, con todas sus frustraciones, entre marido y mujer?  Annette y yo nos apreciamos cada vez más el uno al otro a medida que pasan los años.  Nos reímos más y nos preocupamos menos por los caprichos del otro y estamos agradecidos por el constante “sí” que nos damos en las buenas y en las malas.  El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad.  A través de nuestra confianza en la defensa divina, oro para que nuestro amor humano se convierta en una ventana más clara del cielo para los demás.

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