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Aterrizar en Bruselas al final de mi intensa gira europea me recordó de nuestra primera conferencia allí en 1999. Un hombre Católico recto y líder de Aguas Vivas, Maurice Barthelemy, congregó a varios cientos de personas en el centro de la ciudad para un encuentro de sanación. El Espíritu Santo abrigó con ternura una mezcla de pecadores de diferentes religiones, lenguas y fracturas del alma. Nos unimos bajo la misma Cruz y Jesús nos reunió como polluelos bajo Sus alas. Maravilloso.

Ahora sonriendo desde el cielo, Maurice sabiamente le había pasado el bastón de Aguas Vivas a su hijo Geraud quien había congregado a sus líderes de Aguas Vivas de toda Bélgica para reunirse conmigo la semana pasada.

Quizá ese fue el primer pequeño milagro. Años antes, yo había iniciado un cambio en el liderazgo belga al pasarlo de Maurice a una maravillosa pareja que lideró el cargo allí por más de una década. A pesar de algunos sentimientos heridos por mi decisión y la inevitable insensibilidad en cuanto a cómo yo hice la transición de su padre como líder, su hijo Geraud fielmente siguió dirigiendo un grupo de Aguas Vivas. La pareja que yo había nombrado devolvió recientemente el liderazgo belga a Geraud, quien con su encantadora esposa Ann decidió ocuparse del trabajo en Bélgica. El manto del Padre Maurice avanza en su hijo quien continúa sanando a una nación desafiante y dividida.

Nuestro encuentro se llevó a cabo en Flanders, la parte de Bélgica predominantemente protestante, de habla flamenca (en contraste con la mayoría Católica de habla francesa). Sus grupos de Aguas Vivas son un vislumbre de la gracia y la paciencia y el amor necesarios para unir a los miembros que difieren en el idioma, la tradición de iglesia y los problemas relacionales.

Geraud y Ann (y el equipo) cierran estas brechas con gracia; en el transcurso de nuestro tiempo juntos, Dios desafió suavemente mi estilo de expresión visiblemente estadounidense. Aunque expuesto, acogí la invitación del Espíritu a descansar en el camino del Padre: la manera cómo Él se deleita en reducir las diferencias humanas con el fin de sanarnos de innumerables maneras. A pesar de mi cansancio por el viaje, salí de allá renovado.

Me maravillo de este “puente” de Bélgica: Aquél que une a padre e hijo, flamenco y francés, Protestantes y Católicos, pecadores de todo tipo bajo una sola Cruz. Bélgica es un vislumbre profético de cómo nuestro Dios está preparando una Novia para Sí mismo.

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