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Por Marco Casanova

Jesús, a través de Su Iglesia, rescata el gozo de mi salvación.
La misión de Jesús, en su esencia, es ofrecerse a Sí mismo como nuestro remedio salvador. Él es de lo que se trata la “salvación”. Jesús mismo desciende a la raíz de nuestra existencia y nos sana.
Yo necesitaba salvación.

Yo no elegí tener atracción al mismo sexo. No la quería. Ha habido temporadas de odio hacia mí mismo por eso. Si dependiera de mí, yo elegiría una historia diferente. Sin embargo, es precisamente allí donde necesitaba a Jesús, allí donde lo conocí y allí donde continúo encontrándolo.

La atracción al mismo sexo engendró una profunda y rumiante tristeza en mí. Ésta trató de determinar mi destino, pero yo quería más. Confiando en Jesús, yo lo invoqué.
Planté la Cruz en el terreno de mi atracción al mismo sexo. En vez de un profundo abismo de tristeza, ésta se convirtió en la base de Su Cruz. La Cruz echó raíces. Yo necesitaba que Jesús fuera entronizado allí. Yo necesitaba que Él permaneciera allí. Yo deseaba que Él habitara allí.
Ese fue sólo el principio para mí. Es esencial: encontrar un lugar en mi experiencia subjetiva y quebrantada para la Cruz. Si yo no hubiera identificado ese espacio, no necesitaría un Salvador. Jesús no es un pasatiempo. Lo necesito.

Después de fijar la Cruz en el lugar que yo más aborrecía, el Salvador buscó rescatar un gozo más profundo. Él quería llover sobre mi desfile de “tristeza mundana”, crucificándola.

“La tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte” (2ª Cor 7:10).
Los pensadores católicos a través de los tiempos han desarrollado una teología del comportamiento humano llamada “teología moral”. Josef Pieper, un experto sobre el gran Santo Tomás de Aquino, es un don en esta área. Pieper escribe sobre la “acedía”, un vicio contra la esperanza. Sinónimo de pereza, la acedia es “tristeza mundana”. Cuando yo inicialmente pensé en la pereza, enumeré muchas formas de combatir mi pereza milenaria. Pieper y Santo Tomás de Aquino la llevan a otro nivel.

Santo Tomás de Aquino dice que acedía es un pecado contra el “descanso sabático”. Matar este vicio contra la esperanza no se trata de hacer, sino de ser. “El descanso y el ocio genuinos son posibles sólo bajo la condición previa de que el hombre acepte su verdadero significado” (Pieper). Si la humanidad no tiene paz con quien fue creado para ser, no puede descansar. ¿O quizás preferiría quedarse en su agitación? Boom. La tristeza mundana intenta nuevamente determinar su destino.

Pieper continúa diciendo que la acedía, en su forma final, es un odio hacia el bien divino. Tiene “un monstruoso resultado que, al reflexionar, el hombre desea expresamente que Dios no lo haya ennoblecido sino que lo haya ‘dejado en paz’”.

Dios me creó, un hombre, para propósitos más allá de mis bajas expectativas. ¿Cómo suena la tristeza mundana? “Señor, prefiero quedarme en mi adicción a la pornografía. Déjame solo”. “Señor, prefiero vivir una vida de placer homosexual sin restricciones. Déjame ser”. “Señor, yo no pedí esto, y no podría importarme menos tus ‘planes y propósitos’ para mi vida. Me rindo”.

Esta tristeza mundana es sutil pero crece en fuerza. Odia la luz.
¿Por qué, en este estado de reflexión, yo estaba tan triste, pidiéndole a Dios que me dejara en paz? Me faltaba esperanza en el Dios que resucita a los muertos. Me faltaba la esperanza de que Dios me creó para el gozo, no la tristeza. ¿Por qué no podía reconciliarme con el bien de mi cuerpo? ¿Por qué Dios no podía crear un camino para que yo fuera conocido en mi herida más profunda? ¿Por qué Dios no podía cumplir mi deseo de una novia y una familia?

La Cruz es una puerta que me lleva a la Iglesia. Cuando yo coloqué esa Cruz en el terreno que yo más odiaba, Jesús me abrió a Sus amigos. La Cruz no era un “agua fiestas”. Era más bien una invitación a una fiesta. Esta fiesta me da esperanza.

Convencido por los santos y las enseñanzas de la Iglesia, yo descubrí el bien de mi cuerpo. Sus Sacramentos me permiten acceder al perdonador Sagrado Corazón de Jesús. Sus santos me recuerdan que la resistencia al dolor mundano es el camino hacia la victoria. No estoy solo; Él me da amigos con quienes festejar. Y busco una mujer en particular con quien crear una familia. ¡Jesús, adelante!

Jesús, a través de la Iglesia, rescata mi gozo. Una y otra vez. La tristeza mundana todavía sabe mi nombre, pero yo elijo resistirme. Dios me hizo para mucho más; por lo tanto, yo pongo mi esperanza en Él.

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