Casa > aguas vivas > Restaurando la Aguja

Nuestra humanidad de género —sometidos los unos a los otros en reverencia a Cristo (Ef 5:21) — apunta más allá de sí misma.  Ésta revela a Aquél quien nos creó para co-crear a Su imagen.  Ayer vislumbré algo divino en una encantadora pareja joven que paseaba en su cochecito a su recién nacido: él orgulloso protegía a su novia, ella encantada de su nueva creación.  El poder y la ternura de la humanidad ordenada clama: “¡Santo es el Señor!”

En una reciente visita a París, el Cardenal africano Robert Sarah comparó la aguja incendiada de la catedral de Notre Dame —creada como un dedo divino apuntando hacia Dios— como un signo profético de cómo nosotros como Iglesia hemos fallado en guiar al mundo hacia el cielo.  ¿Hemos olvidado que nosotros en nuestra humanidad de género estamos llamados a ser esa aguja?  Ésta corta en ambos sentidos: nosotros podemos dignificar la existencia del otro y magnificarlo a Él; podemos satanizar al otro y desviar Su gloria.

El Cardenal Sarah cita la “ideología de género” —un rechazo a aceptar la propia naturaleza proveniente de Dios— como un signo de esta aguja incendiaria.  Él ve la realidad LGBT+ como una “trans-humanidad”, un “avatar” que resulta de rechazar al Dios que nos creó.  Desechar el llamado a reconciliarse con el ser masculino o femenino es desechar a Dios, arder con un fuego extraño que envuelve a Su testigo en la tierra.

De acuerdo.  ¿Pero qué viene primero? ¿La precipitación de la hostilidad hombre-mujer o una serie de exóticos quebrantamientos de género?  Yo digo que lo primero.  Nosotros no podemos con ninguna integridad o autoridad llamar a los pecadores obvios al arrepentimiento cuando toleramos una gran cantidad de pecados tradicionales, es decir, la misoginia —el deshonor de las mujeres en todas sus diversas formas.  En pocas palabras, el tratamiento cruel e inusual del género más vulnerable es el combustible que impulsa la alteración de los roles de género.

Yo también visité recientemente Francia donde celebramos una conferencia sobre la reconciliación de género en Orleans.  Fue maravillosa, comenzando con una carrera a primera hora de la mañana donde inadvertidamente seguí el sendero tomado por Santa Juana de Arco quien como adolescente obedeció la voz de Dios y guió a las tropas francesas a derrotar a los ingleses en el siglo XV.  Qué muchacha.

Su valentía me recordó a las mujeres de nuestra conferencia.  Una de ellas había sido abusada sexualmente por su padre, otra fue abandonada como novia por un marido sin religión.  Otra mujer, una exquisita artista que compartió sus dones con nosotros, se dio cuenta de que había sido envenenada por el continuo adulterio de su padre y expresó su desprecio por las mujeres.  Ella vio su desprecio hacia sí misma por primera vez como una postura silenciosa de estar de acuerdo con el pecado de él.

Jesús me dio Su corazón por estas mujeres y me recordó mi sutil misoginia —mi herida de corrupción— pornografía, arrogancia autojustificada, mis frágiles esfuerzos por poner las necesidades de las mujeres por encima de las mías, comenzando por Annette.  Me vi atrapado por mi pecado y pude arrepentirme honestamente con las mujeres, como lo hizo un joven pastor francés.  Jesús desató un torrente de sanación para estas notables mujeres.  Los niveles de misericordia aumentaron rápidamente cuando nosotros los hombres nos arrepentimos, otorgándole a Jesús la libertad de disolver fortalezas de misoginia en las mujeres.

Juana de Arco abrió un camino para la victoria en Orleans.  Cuando “sacó fuerzas de su flaqueza; se mostró valiente en la guerra y puso en fuga a ejércitos extranjeros” (Heb 11:34), asimismo nosotros seguimos a Jesús quien nos guió a hacer nuestra parte para restaurar la aguja de la relación santa.  Nosotros nos regocijamos juntos en los buenos dones que Jesús está reclamando en nuestra humanidad de género.

Cuando nosotros somos fieles para arrepentirnos por cualquier forma en que hayamos avivado esa aguja incendiada, ayudamos a restaurar esa aguja.  Que Notre Dame nos inste a convertirnos en señales gloriosas de Aquél que nos creó para honrarlo en la forma en que nos amamos los unos a los otros.

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