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El domingo pasado, Fiesta de la Sagrada Familia, me preparé para lo peor.  Profeticé una homilía desalentadora sobre la tríada demasiado radiante para creerse: saben, “sean santos como María, José y Jesús son santos”, sin ahondar mucho en el tema de la familia ni la santidad.

¿Sagrada Familia?

Estuvo mal en todos los aspectos.  Mi pastor señaló la disparidad entre nuestra generosidad hacia nuestros familiares y la que demostramos hacia los extraños.  Giramos grandes cheques a los huérfanos y a todos, pero imponemos órdenes de restricción a familiares que nos “provocan”.  Demasiado sensibles a aquéllos a quienes amamos tanto que los odiamos, muchos de nosotros somos cualquier cosa menos sagrados en cuanto a lo emocionalmente mezquinos que somos hacia nuestros familiares.

Es nuestra naturaleza defendernos cuando seres queridos nos frustran.  O damos un giro inquietante que nos asusta.  Jesús estresó a María al abandonar al clan para pasar unos momentos en el templo.  Ésa fue la primera señal de Él distanciándose de ella por razones que aún no están claras.  Sin duda, la analogía rompe con nuestras familias: los familiares confusos son mesiánicos sólo en sus propias mentes oscuras.  Sin embargo, puede ser útil recordar que todos tienen un subtexto que sólo Dios “entiende” también como un destino noble que podemos haber olvidado.

Esta semana sagrada yo tuve el privilegio de responder a una llamada de emergencia de unos colegas que estaban en crisis conyugal.  Esa sagrada familia casi explotó cuando caminaron hacia un campo minado de sospechas y juicios familiares.  Pero ellos se rindieron juntos al Padre que calmó la tormenta; la santa paz los ayudó a escucharse el uno al otro para que pudieran vislumbrar la bondad del otro una vez más.  Otra pareja se reunió con nosotros para buscar sabiduría sobre cómo amar mejor a un hijo en medio de una crisis de identidad (es difícil amar a un hijo de 36 años de edad que se comporta como uno de 16). Pero estos padres están profundizando en el amor del Padre por su hijo y su mejor deseo para con él.  Por más doloroso que sea, la única manera de hacerlo es postrarse —doblar rodilla— donde se destila amor y sabiduría.  El cuidado generoso y moderado por el bien del otro puede resultar de esta oración de este modo. 

En este punto María nos muestra el camino.  Después de su ansiedad por la desaparición de Jesús, ella hace algo que todos podemos hacer: ella “atesoraba estas cosas en su corazón” (Lc 2:51).  Esa palabra para “atesorar” significa reflexionar, concebir algo nuevo luego de darle mucho pensamiento al asunto.  Esto proporciona un espacio sagrado para confiar el ser amado al Padre que ve todo (Lc 2:51); también puede otorgar una visión inspirada.  Se podría decir que la oración de María transformó su temor en maravilla.  Que esta oración haga sagradas a nuestras familias este año también; que amemos a nuestros familiares con sabiduría, con generosidad, en el 2019.

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