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Salvado por la Belleza 2

“El gozo de un santo no es atraer a las personas hacia sí mismo…  sino lanzar su corona ante Dios” Padre Richard Veras

Este otoño he enfrentado el arrastre de la aflicción —la tendencia de mi Iglesia de lucir bien en vez de volverse buena, y también el hecho de que mi madre sufrió una fractura en su hombro en agosto.  Ante su mortalidad (¡elástica y recuperada de 93 años de edad que es!), me preocupo por la mía y me siento tentado por la resignación en vez de la resurrección.

Jesús es fiel por medio de Sus santos.  Durante mis varios viajes para cuidar a mamá, asistí a la misa de la mañana en una parroquia local.  Un día a la semana el sacerdote preside con pericia un santuario repleto de niños de primaria, mientras que los adultos compiten por asientos en la parte de atrás.  Un joven padre al que solo puedo describir como radiante en santidad se sentó a mi lado y procedió a alardear de su hija de primer grado y de cómo él quería “vivir” la misa por ella.  ¿Qué?  Lo vi una vez más, cálido y entusiasmado.  La luz irrumpió en mi oscuridad.

Una joven filipina lee el pasaje del Antiguo Testamento y el Salmo un día a la semana en la misma misa.  Cuando lo hace, su belleza y su santidad me obligan a escuchar; recibo la Palabra libremente.  Luego le pregunté cómo se prepara y ella respondió que ora para encarnar la Palabra en ese momento —para entrar en la Palabra y convertirse en ella.  ¿Qué?  Algo como gozo brotó en mí y superó a la tristeza.

Volé a casa tarde en mi última visita para ayudar a Annette con el día de la semana que ella cuida de nuestros dos nietos.  Annette lo ha dejado claro: ese día ambos debemos cuidarlos.  Camille, de 6 meses de edad, ilumina el mundo con su sonrisa.  No hay nada que se le compare.  Ella duerme, se alimenta, retoza, y luego se llena de energía: aquí viene el sol.  De un año, Jacob es bueno, perfecto.  Mi “paseo” con él y nuestro labrador Joni más viejo es el punto culminante de la semana.  Él agarra su correa en su puño; con ojos índigo, llenos de asombro, contemplan el mundo que lo rodea como si fuera el primer día de Edén.

A través de sus ojos, me maravillo de nuevo, y espero con renovada esperanza para el Día.

 

 

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