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“Se ha cumplido el tiempo.  El Reino de Dios está cerca.  ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!” (Mc. 1:15)

En nuestra fiesta de despedida de Aguas Vivas la semana pasada, un líder reflexionaba: “Servir semana tras semana a personas que tienen su mente puesta en el Reino me cimentó y afianzó en medio del torbellino de una pandemia, el caos político, el drama de mi historia inconclusa.  Las personas del Reino me mantienen cuerdo”.

Personas del Reino.  Estos son cristianos que buscan fervientemente vivir bajo el dominio y el reinado de Jesús.  Nosotros relajamos nuestros puños y tomamos Su mano sanadora y luego permitimos que Él active la nuestra.  Preparados en la fe hacia los demás, continuamos Su obra salvadora con manos extendidas en oración.  Esperamos que Jesús salga a nuestro encuentro todos los días; declaramos asombrados, como por primera vez, “Una nueva enseñanza, y con autoridad” (Mc. 1, 27).

Quizás nuestra urgencia se base en la vulnerabilidad a otros reinos —percibimos la cercanía de ídolos conocidos, distracciones sin sentido, miedos irracionales, amenazas reales, pérdida paralizante.  Nos animamos unos a otros para redescubrir el gobierno de Jesús en nuestras vidas y para extender ese dominio en las relaciones cotidianas.

¡Qué oportuno en una pandemia en la que las personas evitan a otros como la plaga y se encarcelan en un aislamiento impulsado por el miedo!  Nosotros extendemos el Reino de Vida de Jesús sobre cualquier reacción fóbica de los hombres y declaramos: “Jesús…  anuló mediante la muerte, al que tiene el dominio de la muerte —es decir, al diablo—, y libró a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida” (Heb. 2:14, 15).

Nosotros luchamos por la conexión —extender este Reino de Vida sobre la esclavitud al miedo debe ser una encarnación.  Así como Jesús trajo el Reino de Su Padre en la carne, así debemos extender el Reino de humano a humano.  Sí, ejercemos límites en una pandemia y sí, vamos a los presos del miedo y hacemos lo que Dios nos pide.  El Rey nos concede palabras edificantes, sanadoras y proféticas para las personas que sin ellas se marchitan.  Yo soy testigo en muchos de una tentación mayor al pecado y de identidades mal engendradas, una dejadez basada en el miedo hacia los viejos reinos.  Despertamos Su reinado y lo extendemos a los débiles.  La regla de Vida de Jesús, no el pecado de muerte, tiene la última palabra.   

Esperen guerra.  A medida que intensificamos nuestra ofrenda del Reino en esta temporada, el enemigo llega como una nube de humo para envolvernos en su velo.  Discernimos que esta tentación a desesperarnos nace del infierno, no de nuestros corazones; empuñamos la espada y la reprendemos.  Jesús nos libera.  Él nos ayuda de muchas formas, incluidos los sueños.  “Incluso de noche, mi corazón me instruye” (Sal. 16: 7). 

Hace unas noches, soñé con un arduo viaje por un sendero hacia el océano obstruido por rocas y bestias venenosas.  Todo lo que recuerdo fue una voz instruyéndome a permanecer fijo en Él y en el gobierno de Su Reino.  Por un lado, apenas podía avanzar, y por el otro, no tenía miedo.  Cuando llegué a la orilla, me di cuenta de que estaba encerrado por alambre de púas, como los límites que delimitan un terreno naval.  No tenía idea de cómo saldría y continuaría el Camino.  Aún así, sin miedo.  La presencia del Rey y el Reino era palpable.  En vez de pavor, me sentí feliz y expectante de que Aquél que me liberó para el viaje hasta ahora haría el Camino.  Me desperté revitalizado por y para el Reino, optimista de camino a la misa matutina.

“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos ha venido avanzando contra viento y marea, y los que se esfuerzan logran aferrarse a él” (Mt. 11:12).

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