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Sanando el Corazón Traicionado – 

“El Espíritu del Señor omnipotente está sobre Mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres.  Me ha enviado a sanar los corazones heridos, a proclamar liberación a los cautivos y libertad a los prisioneros, a pregonar el año del favor del Señor y el día de la venganza de nuestro Dios” (Is 61: 1, 2).

Acabo de leer un ensayo en el periódico New York Times con una narrativa muy conocida: el hombre que se divorcia de su buena esposa e hijos para entablar relaciones con otros, en este caso, con otros hombres.  Sus aventuras, incluso rasgar la ropa de un nuevo amigo, son enmarcadas como libertad.  Nuestra mayor conciencia del impacto del asalto sexual (“yo también”) aparentemente no se extiende al asalto no menos devastador del adulterio sobre las familias: cónyuges hombres y mujeres que traicionan a sus seres queridos continuamente a través de propuestas corporales ilegales.  Los adúlteros empobrecen y encierran a los que más los aman en su búsqueda de un mejor orgasmo.

El adulterio y el divorcio están taladrando los corazones humanos.  Ningún cónyuge o hijo queda inconmovible; las malas elecciones de la otra persona crean una falla que tiembla como convulsiones a lo largo de muchas vidas.

Hasta que Jesús sana sus corazones quebrantados.  A mí me encantan los versículos antes mencionados de Isaías los cuales cita Jesús (Lc 4:18) cuando Él anunció Su ministerio público.  ¡Él viene a sanar el corazón traicionado!  Su Presencia sanadora es la manera en que Él reivindica a aquéllos que son quebrantados por la locura de otras personas.  ¿Cómo?  Él abre Su carne para asumir nuestras laceraciones.  Y nuestra vergüenza.  Yo creo que la vergüenza del adulterio es mayor en los seres queridos que en el perpetrador; los cónyuges y los hijos ahora viven bajo una sombra que ellos ni eligieron ni pueden comprender.

Los traicionados se preguntan: “¿Qué pasa conmigo?”  Jesús aprovecha Su ventaja.  Él atrae a los quebrantados de corazón hacia Sí mismo donde Su sabiduría, Su mano estabilizadora y Su paz que sobrepasa todo entendimiento y circunstancia despierta un buen dolor.  Él habla la Palabra sanadora: “Esto no es tu culpa; Yo ato a tu acusador y confirmo la verdad: tú eres querido, tú eres mío, y nunca te dejaré ni te abandonaré.  ¡Cerré la brecha en mi devoción conyugal hacia ti!”

Estas serían simples ideas si nosotros como miembros de Cristo no hiciéramos nuestra parte.  Nosotros somos a quienes Jesús llama para ser Sus manos, Sus ojos, palabras y corazón para los traicionados.  Cuando nuestra cultura replantea los actos vergonzosos como “libertad”, nosotros debemos acoger a los avergonzados para formar comunidad.  Nosotros somos los que Jesús llama para “dar mayor honra a las partes del cuerpo que carecen de honra” (1ª Cor 12: 24-26).  El honor es descuartizado en las personas traicionadas por el adulterio y el divorcio.  Es nuestro trabajo defender a los deshonrados y ayudarles a intercambiar el pecado del otro por una doble porción de bendición.  Nosotros podemos ayudarles a darse cuenta del “año del favor de Dios”.

También debemos notar que los traidores también pueden cambiar su vergüenza por el honor.  Justo después de leer el ensayo del New York Times, me enteré de un amigo casado que cometió una serie de adulterios.  Quebrantado por el impacto de su pecado, él se arrepintió y ahora hace todo lo posible por reconciliarse con su esposa.  Por haberla devastado, él ahora alienta la sanación de ella viviendo la verdad en el amor.  Sólo Jesús puede cancelar el adulterio provocando y sosteniendo el arrepentimiento de por vida.  ¡Una vez adúltero, ya no más un adúltero!  Jesús abre las puertas de la prisión para los traicionados y los traidores.

Que este Adviento, un comienzo diferente a cualquier otro, se convierta en tu “año del favor de Dios”.

“En vez de su vergüenza, mi pueblo recibirá doble porción; en vez de deshonra, se regocijará en su herencia; y así en su tierra recibirá doble herencia, y su alegría será eterna” (Is 61: 7)

 

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