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El Día de Todos los Santos nos recuerda a los fieles que nos precedieron y abrieron camino para nuestra fidelidad.  Yo celebré esta fiesta de gratitud por los santos en el cielo con los santos en la tierra, tanto católicos como evangélicos, en nuestra Capacitación de la Costa Este en Pensilvania la semana pasada.

Yo más joven, Catalina

Yo estaba muy agradecido por una santa oscura, pero radiante para mí, Catalina Allen.  Ella fue catapultada a la eternidad después de una fuerte colisión frontal en vehículo en el año 2014.  Para ser honesto, yo no había pensado mucho en ella recientemente.  Hasta esa capacitación.  16 personas por quienes ella había dado su vida para revelar a Jesús se reunieron con nosotros y sus historias me conmovieron profundamente.  Alrededor del área de Tidewater en Virginia, Catalina había sido el puente para que cada uno de ellos pasara de la muerte a la vida: desde la lucha por vidas divididas y llenas de dolor hasta aceptar la invitación de Jesús para vendar cada herida y perdonar cada pecado.

Catalina tenía una hermosa manera de insinuarse en la vida de diversas personas —hombres y mujeres, solteros y casados, tergiversadores de los roles de género y oficiales militares, Iglesia de Dios y católicos.  A través de una amistad alegre y atenta, ella reflejaba en cada uno la verdad de cómo Jesús quería tener acceso a los caos ocultos (esta es un área muy religiosa) en la vida de cada uno.  Con la confianza ganada, ella diría algo como: “Mira, mañana por la noche reuniré un grupo de personas de ideas afines que buscan a Jesús… ¿Te gustaría venir?  Yo pasaré a recogerte”.

Luego, cada uno comenzó la serie Aguas Vivas de 20 semanas que Catalina dirigió como una campeona.  Los grupos aumentaron de tamaño y pronto ella estaba implementando 3 o 4 programas al año, con frecuencia de manera simultánea y en diferentes iglesias en toda el área.  Las aguas de sanación surgieron en los templos de la ciudad, y los fieles encontraron un lugar seguro y dinámico para convertirse en seres humanos integrados.  Ella sabía cómo detectar y cultivar líderes laicos para atender este trabajo floreciente, y estas personas —Shelly, Georgie, Joel, Tom, Terri y Bonnie (todos presentes la semana pasada) y más se convirtieron en líderes a nivel nacional.    

Una vida fructífera.  Poco sabía yo de lo que Catalina poseía en ella (dones y carácter) y sobre su (unción de Jesús).  Nosotros nos conocimos a principios de los años ochenta cuando yo era presidente de Exodus.  Ella trabajó como asesora estudiantil en una universidad cristiana y estaba preocupada por el creciente número de personas que “salían del closet”; ella no era una luchadora en sí, pero ella creía firmemente en las palabras de San Pablo: “Nosotros consolamos a otros en todas sus tribulaciones para que, con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren” (2ª Cor. 1: 4).  Ella vio buscadores heridos, no personas desviadas, a través del lente sanador de Jesús.  Ella estuvo entre los primeros líderes capacitados para dirigir Aguas Vivas y nunca miró atrás.

Las temporadas cambian.  Al hacerse mayor, ella entregó lo que se había convertido en un esfuerzo a tiempo completo y su reemplazo falló.  El maravilloso Tom y Teri Wright asumieron el liderazgo regional de Aguas Vivas y dirigieron fielmente nuestros grupos, pero la cultura había cambiado y el ímpetu se desaceleró.  Entonces Catalina murió: esto afectó conmovedoramente lo que parecía el final de una era fructífera.

Yo lo sé mejor ahora.  Quizás la semilla debe morir a fin de liberar muchas otras más.  Un ejército de sanación está surgiendo nuevamente en Tidewater, un misterio para el cual el líder Tom Wright no tiene respuestas.  “Es sólo el tiempo de Dios; nosotros nos habíamos refrenados y ahora el Espíritu está movilizando de nuevo a aquéllos sobre quienes Catalina impuso sus manos” —cada uno con la intención de imponer las manos sobre otros para liberar una nueva ola de “agua viva” en Virginia.

Los Santos como Catalina —que interceden ahora ante el Cordero— son dones que siguen dando.

“El que con lágrimas siembra, con regocijo cosecha.  El que llorando esparce la semilla, cantando recoge sus gavillas” (Sal. 126: 6).

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