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“A menos que nuestros ojos se llenen de lágrimas, no veremos” Papa Francisco

Escribo estas líneas desde Filipinas donde el mes pasado el Papa Francisco hizo una histórica visita para consolar a las víctimas de un devastador tifón, el segundo en arrasar al país en dos años. Al igual que San Pablo, él siguió la dirección del Espíritu; llegó inesperadamente, pobre entre los pobres, ofreciéndose sólo a sí mismo.

Él lloró y sonrió con los débiles y ofició una Misa para 6 millones de filipinos, la reunión más grande de su tipo en la historia del país. Muchos de mis colegas, en su mayoría no católicos, asistieron a la Misa y acogieron la sanación que él trajo. “El reavivamiento se está moviendo en medio de nosotros”, atestiguaban ellos.

Nosotros llegamos a Filipinas con el espíritu del Papa Francisco cuando dijo: “Nosotros debemos aprender a abrir nuestras manos desde nuestra propia pobreza”. Eso hicimos. Nuestro pequeño equipo de Norte América se unió a un experimentado equipo asiático para dirigir una Capacitación Aguas Vivas basada en el material renovado de Desert Stream y el compromiso con las naciones.

Juntos nosotros los sanadores heridos guiamos en la debilidad: víctimas y perpetradores de pecados sexuales, sentimientos distorsionados, problemas maritales, miserias emocionales — extraños y esclavos todos, ahora convertidos en hermosos hijos e hijas. El robusto equipo de Filipinas creció bien con los líderes chinos y tailandeses, y los 70 líderes en formación reflejaron la amplitud del propio Filipinas: Protestantes y Católicos, los conversos, los altamente educados y los apenas preparados, los adultos jóvenes conversos y los líderes denominacionales.

Nos inclinamos juntos ante la Cruz, y Jesús nos humilló hacia una unidad fragante. En uno de los grupos pequeños había un pastor evangélico que se sentía desorientado por el llamado a él de presentar su “pecado tradicional” a un grupo lleno de jóvenes católicos que buscaban superar la atracción hacia personas del mismo sexo. En la primera sesión, el hambre desnuda de los hombres jóvenes por Jesús lo quebrantó y él admitió las áreas más dolorosas y vergonzosas de su vida “normal”.

Más tarde, él le pidió al miembro más dañado del grupo (abandonado cuando era niño y devastado por el abuso sexual) que extendiera la bendición de la Iglesia sobre él mientras se comprometía a continuar su travesía de sanidad.

Al igual que el Papa Francisco, nosotros sembramos en lágrimas, y dimos a partir de nuestra pobreza. Jesús vino. Nosotros confiamos que las iglesias de todas las tendencias seguirán liberando el “agua viva” a los quebrantados partiendo de las propias heridas y debilidades que Él ha reclamado.

Nosotros seguimos el arado del Papa Francisco, sembrando en lágrimas.

“El que llorando esparce la semilla, cantando recoge sus gavillas” (Sal 126: 6)

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