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“Todo lo que se necesita para que el mal prevalezca es que los hombres buenos no hagan nada.”

Si quitas la característica principal de la cual algo deriva su naturaleza, distorsionas su significado. Esa “cosa” deja de ser lo que es; pierde su esencia. Mira los Evangelios. Elimina la resurrección de Cristo y tienes un maestro/sanador condenado por su bondad radical. O la película “Unbroken” (Inquebrantable), en la cual los guionistas omitieron la conversión crucial del héroe de la película al Cristianismo. Ciertamente inquebrantable.

Ahora nos enfrentamos a la perspectiva del matrimonio sin un hombre y una mujer. La semana pasada la Corte Suprema acordó dictaminar en junio si todos los 50 estados de Estados Unidos deben permitir que las parejas homosexuales se casen. Siguiendo el ritmo intenso en el que los estados individuales han asumido los derechos del “matrimonio gay” (36 y contando), parece poco probable que la misma corte que incitó estos cambios hace dos años ahora dé marcha atrás.

Un jefe activista proféticamente habló con efusividad: “Finalmente las parejas homosexuales podrán participar de las alegrías, protecciones y responsabilidades del matrimonio…”, ¿Correcto?

Equivocado. El matrimonio sin el hombre y la mujer deja de ser matrimonio. ¿Por qué? Porque el matrimonio trata fundamentalmente acerca de los hijos. Las parejas del mismo sexo no pueden crearlos y no deben ser padres de ellos. (¿Te gustaría ser un hijo que trata de asegurar su propio género teniendo como punto de partida unos padres que evidentemente no están seguros de su propio género?)

Desde el inicio de los tiempos, el matrimonio ha sido acerca de la creación y el cuidado de los hijos. Aunque no todas las parejas los crean, el hacerlo sigue siendo la orientación para el hombre y la mujer. Y la familia sigue siendo el fruto fundamental del matrimonio, completo con las “alegrías y responsabilidades” que el Estado moderno busca proteger. ¿Por qué? ¿Para que las parejas puedan tener beneficios fiscales y derechos de visita al hospital? No, sino para que su compromiso pueda estabilizar el amor sexual y dar lugar a los hijos, quienes a su vez podrían asegurar una base de amor estable del hombre y la mujer quienes los crearon. Punto.

Quita al hombre y la mujer del matrimonio y éste deja de ser matrimonio. Éste sufre una mutación; se convierte en una extensión de algo más. En este caso, el matrimonio se convierte en el brazo egoísta de un pueblo miope, extremadamente individualizado que se niega a reconocer que el matrimonio debe responder a un llamado superior al vínculo de dos personas. El sexo al igual que el matrimonio debe responder a los hijos.

Si la Corte Suprema define el matrimonio como libre de restricciones de género, entonces eliminará la esencia del matrimonio. Heredaremos un decreto cruel a las personas que no tienen voz y que necesitan la protección del Estado. Los hijos merecen un estándar más alto que protegerá su formación y su dignidad como hombres y mujeres.

Para mí no es ninguna ironía que la Corte Suprema haya acordado dictaminar sobre el “matrimonio gay” justo unos días después del aniversario del caso “Roe vs. Wade” el cual legalizó el aborto. Durante más de 30 años, hemos vivido sin piedad, a la sombra de la vida sin protección. ¿Queremos una vida sin claridad de género?

Oren por la reversión abrupta de la Corte de la caída hacia el “matrimonio gay” a nivel nacional. Oren y animen a los matrimonios a su alrededor.
Hagan todo lo posible para asegurar que su iglesia se convierta en un lugar seguro y poderoso de transformación para las personas con atracción hacia el mismo sexo. Dios desea misericordia y no juicio. Si no nos interesamos en los corazones quebrantados dispuestos antes de que se dejen seducir por las soluciones del mundo, ayudamos a crear un problema. Nos convertimos en una extensión fuerte y despiadada de juicio.

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