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Aunque amo los beneficios de la cruz de Jesús, me siento tentado a odiar participar de esa cruz con Él.  Duele soportar la carga que Él nos invita a asumir, específicamente, el dolor por Su Iglesia.

Durante la oración por la sanación de nuestros compromisos conjuntos, me di cuenta que: lo que más valoro como cristiano —matar el pecado a través de una rápida confesión antes de que éste me mate a mí, a mi matrimonio o a otra persona; vivir en voz alta en comunidad a fin de crecer más allá de la atracción al mismo sexo hacia una verdadera fecundidad— no se cree o se practica lo suficiente en mi Iglesia.  Por esto sufro, una aflicción que Jesús me ha invitado a soportar.  No estoy solo, sino junto a otros miembros que comparten estos valores y aman a la novia lo suficiente como para llorar también.

Esta Cuaresma Él nos invitó a participar en una pequeña parte de Su cruz; ¿soportaríamos esto por una hora más o menos cada semana en oración?  Descubrimos que no podíamos sacudirnos esa carga después que terminaban las reuniones.  Ésta permanecía con nosotros, y ahora parece una enfermedad del corazón.  De hecho, la llevamos para su purificación.  Quizás la referencia misteriosa de San Pablo en Col. 1:24 para soportar en el cuerpo de uno una parte del sufrimiento de Jesús por Su cuerpo se aplica aquí.  ¿Quién sabe?  Continuamos orando.

Mi amiga Dana recordó su experiencia de una procesión de 14 millas que ella y sus amigos hicieron un Viernes Santo con una gran cruz de madera —cada uno se turnaba para cargarla: “Mientras cargaba la cruz, ésta se hundió en mí y su peso aumentó.  Se convirtió en una parte de mí; me di cuenta que era Jesús invitándome a caminar con Él para ayudarle a llevar Su cruz.  Lo que parecía demasiado pesado se hizo posible con Él”.  Cristo en nosotros: sufrir y esperar la gloria (Col. 1: 27).  Eso me recuerda las palabras de Bonhoeffer: “Hoy en día sabemos muy poco en la iglesia acerca de la bendición peculiar de soportar.  Soportar, no sacudirse; soportar, pero tampoco colapsar; cargar como Cristo cargó la cruz, permaneciendo debajo, y allí debajo de ella, para encontrar a Cristo”.

Habiendo analizado conjuntamente a una Iglesia escandalizada, hemos hecho más que reunirnos para orar; más bien, hemos recibido un espíritu de oración con el cual orar sin cesar por ella.  A largo plazo.  El cambio toma tiempo y ocurre cuando la oración como estanques subterráneos brota en la tierra y logra lo imposible.

Oramos para que surjan testigos de la transformación en materia sexual y tomen sus lugares junto a los líderes que acogen, guían y amplifican su experiencia de un Evangelio empoderado.

Oramos por la elocuente verdad del Papa Emérito Benedicto XVI —“La sexualidad tiene un significado intrínseco y una dirección que no es homosexual…  su significado es lograr la unión del hombre y la mujer la cual da a la humanidad posteridad, hijos, futuro.  Ésta…  es la esencia de la sexualidad”— fusionarse con la compasión paternal del Papa Francisco.  Que esa plenitud de misericordia y verdad insten a los cristianos a darle la espalda al pecado sexual (comenzando por el clero) hacia el arduo y espléndido proceso de volverse castos.

Oramos para que surjan líderes valientes que rechacen la política de la transformación de las almas.  Que los líderes ortodoxos puedan rechazar el clericalismo equipando a mujeres y hombres laicos para que sirvan a los quebrantados; que los poco ortodoxos puedan ser encaminados para que la misericordia de la Iglesia no se diluya aún más por el llamado al “acompañamiento” sin arrepentimiento o disciplina.

Que podamos descubrir, horrorizados por nuestro propio pecado, debajo de la cruz que ningún pecado puede ser ajeno a nosotros (Bonhoeffer) y que en misericordia clamemos pidiendo por todos los pecadores —obispos y ayudantes, papas y plomeros.  Que Dios nos dote de gracia para cargar con el dolor santo y la esperanza de gloria mucho después de la Cuaresma.

“No queremos que se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza…” (1ª Tes. 4:13).

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