Casa > aguas vivas > Temiendo a Aquél que Amo

Nuestro problema radica no en la religión de mano dura, sino en las canciones de cuna banales que nos aseguran que Dios es amor, todo amor, y sólo quiere lo mejor para nosotros —“mejor” definido por hacer todo aquello que se nos antoje.

Nuestro problema radica en el hecho de que ya no le tememos a Dios.  Queremos los beneficios de la Cruz, pero no el llamado a cargar la nuestra.  Lo hemos hecho a Él a nuestra imagen, no nos hemos sometido a Aquél a cuya imagen estamos hechos.  Entonces nos atrevemos a protestar ante cualquier versión de Él que se interponga en nuestra versión de nosotros mismos. 

Para este problema, el Adviento puede no ser lo suficientemente largo.  Para esto la Iglesia es inteligente.  Nuestro año calendario termina con la visión apocalíptica de Daniel sobre el Anciano ascendiendo a Su trono —radiante, humeante— con Su asiento real brillando— “una corriente de fuego emanando desde donde Él [el Padre] estaba sentado” y recibió al Hijo ante quien todo el ejército de los cielos se inclina y declara: “dominio, gloria y majestad” (Daniel 7).

En medio del despliegue de fuegos y luces, Dios quema a Su principal adversario —la Bestia— mientras que a las bestias menores se les otorga una temporada para hacer su sucio trabajo.  ¿Estas bestias menores nos han encantado, nos han hecho bestiales?  Ellos nos dan lo que queremos, incluida la espiritualidad suficiente para calmar nuestras almas sensibles.  Estamos somnolientos, llenos de ideas no bautizadas y vago descontento.  Lanzamos otra ronda de buen ánimo alegre y gritamos “abuso” cuando los religiosos no están de acuerdo con nosotros.

Comienza el Adviento, amanece nuestro Año Nuevo, no con visiones soñadoras de ángeles y vírgenes y noches estrelladas, sino con una alarma.  ¡Gente, despierten! ¿Creen que todo está bien?  ¡Piénsenlo otra vez!  El primer domingo de Adviento destaca la Segunda Venida de Jesús; Su reingreso será violento, decisivo y concluyente.  De los dos hombres en el campo, sólo uno será sacado por Jesús para escapar del terror inminente (Mt. 24).  No es de extrañar que el segundo domingo presente el llamado de Juan el Bautista a arrepentirse de todo lo inútil que valoramos —a deshacerse de éste ahora antes de que Jesús mismo lo queme “con fuego inextinguible” (Mt. 3: 1-12).

Dios es amor.  Y temible.  Para mí, estos primeros días del Adviento han sido difíciles, llenos de humillaciones menores que han sido expuestas por la delicadeza y los sutiles adulterios del corazón.  No tengo mucho más que ofrecerle a Él que mi pecado.  Que así sea.  Mejor quemar ahora que más tarde.

Yo temo a este Dios.  Sí, Él me ama profundamente, “Su Espíritu me anhela celosamente” (Santiago 4: 5).  Él me ha reclamado a través de Su sangre y tiene derecho a toda mi persona.  Cada parte demacrada.  ¿Y bien?  No: estoy cargado de bestias menores.  El bienestar para mí es postrarme, llorando “dominio, gloria, majestad”.  Mi felicidad depende de la rendición total.

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