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Tour de Trust

En primer lugar ¿por qué me inscribí?  Yo he recorrido miles de millas en bicicleta pero nunca he participado en una carrera de ciclismo, mucho menos correr a 7500 pies en las montañas con una pendiente de 3000 pies sobre su recorrido de 50 millas.  Así fue el Tour de Big Bear, California en el que participé la semana pasada.

Nosotros nos habíamos reunido en esa ciudad turística para una reunión familiar —mis hijos, Annette, y algunos miembros por parte de la familia de ella quienes son dueños de un hotel allí el cual patrocinaba la carrera.  ¿Cuán difícil podría ser? pensé.

Tal vez mi hijo Nick, quien tiende a ganar la mayoría de las competencias, me hizo caer en una falsa paz (sí, lo escuchaste aquí; él queda de PRIMERO).  Mientras lo observaba volando alrededor de Big Bear preparándose para esta carrera con pedales removibles moldeados a los zapatos y esos trajes ceñidos al cuerpo, me desperté.  Alrededor de la medianoche, me di cuenta que yo no sabía casi nada sobre carreras de ciclismo.  Nick siguió dándome consejos como: “Probablemente necesitas una bicicleta con neumáticos más delgados” (la bicicleta asegurada para mí era gruesa, con neumáticos toscos); “No puedes escuchar música en una carrera” (¿qué? ¿ninguna música de adoración para ahogar mis miedos?  Y al parecer el rugido de los ciclistas y los vehículos en los empinados y estrechos pases de montaña?); yo ni siquiera sabía dónde pegar mi número en la bicicleta.

En la mañana de la carrera, yo arreglé un extraño traje más apropiado para correr (eso es lo que sé) que para el elegante mundo de las carreras de bicicletas.  Combinado con mi gruesa bicicleta, me sentía como pollo comprado, como el chico que viene del campo y llega a tu clase de sexto grado, desventurado y ansioso.  Y asustado.  Entonces pensé: “Bueno, soy un extraño.  Estoy tan fuera de mi juego”.  Entonces se puso divertido.  “Bien Dios, Tú amas a los extraños.  Bien.  Tú das fuerza a los débiles.  Bien.  Tú no me dejarás caer por la montaña.  Bien…” (yo borré las tragedias reales de mi banco de memoria).

Bueno, un poco de temor puede ser algo bueno.  Éste te conduce a Dios y te empodera para moverte donde de otra manera no lo harías.  La carrera comenzó y encontré mi avance después de unos 90 minutos de, bueno, terror.  La primera parte fue extremadamente difícil, cuesta arriba y abajo con toneladas de vehículos por todas partes.  Me concentré en unas cuantas personas que iban delante de mí: en su mayoría asiáticos e hispanos (la estupenda diversidad de California) que respondían a mis aburridos estímulos de “vamos bien” (apoyarlos era una forma de asegurarme contra una caída libre mía).  Me di cuenta de un par de muchachos que venían a la par de sus chicas y las apoyaban en la subida (quizás sexista; pensé que era un gesto noble de su parte).

De todos modos, cuando volvimos de Snow Valley a Big Bear, me relajé lo suficiente para ver las colinas (éstas nos ayudan ¿verdad, Rey David?), 8500 pies de ayuda, algo que Dios usa para llamarnos para ascender y salir de nosotros mismos hacia las maravillas que el temor podría empañar para siempre.  Durante la cuarta y última hora de la carrera comencé a trabarme, un extraño con alas, agradecido por la carrera.

 

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