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Durante el último mes, me he sentido asqueado por los informes del largo historial de abusos sexuales de adolescentes y adultos varones por parte del ex-Cardenal McCarrick; aún más insensible es su negación de las acusaciones (¿cómo fue que entonces una diócesis resolvió un par de estos casos años antes?).  Más martirizantes son los informes de que algunos líderes de su entorno quienes sabían de sus atrocidades y se hicieron de la vista gorda.

ex-Cardinal McCarrick

Cada cristiano carga con la vergüenza de esto.  Los que son conscientes del devastador impacto del abuso sexual y espiritual cargan con más.  ¿Cómo podría un sistema religioso traicionar a sus fieles más vulnerables una y otra vez?  La estructura de la Iglesia se presta a la cohesión (por la cual estoy agradecido) y al encubrimiento (para lo cual debemos convertirnos en obstinadamente intolerantes).

La Escritura me guía a este punto.  A medida que se desarrollaban las acusaciones contra McCarrick, yo completé un estudio bíblico sobre el Evangelio de San Marcos con mis hijos, utilizando un comentario escrito por la Dra. Mary Healy, una estudiosa católica de la Biblia a quien considero como uno de los mejores dones para la Iglesia de hoy en día.  San Marcos es el más corto de los Evangelios y, por lo tanto no logra suavizar mucho de nada.  Su recuento de los sucesos que condujeron a la crucifixión me quebrantó; me estremecí cuando hombres demonizados abusaron del rápido fuego de Jesús, implacablemente.  Él sufrió de la traición por todos lados, como si las fuerzas oscuras hubieran cautivado a todos los hombres y los hubieran vuelto violentamente estúpidos.  En la cruz, las únicas palabras de Jesús expresaron abandono (“¿Dónde estás, Padre?”), terminando en un grito de muerte.

¡Gracias a Dios por la cruz, la lógica interna del Padre que convierte la maldad en poder divino y sabiduría divina!  Sin embargo, en San Marcos, incluso el Cristo Resucitado está escondido de los testigos que son demasiado torpes o demasiado temerosos para creer en Jesús Resucitado en absoluto.  María Magdalena lo “comprende”, pero su informe a los discípulos cae en oídos sordos y ojos ciegos.  Y esto del Evangelio que más asocio con el poder espiritual: el apasionado testimonio de San Marcos de la Palabra confirmado por señales y prodigios.

San Marcos revela la cruz como la fuerza de Dios, la gloria esperando a romper el cascarón de los hombres despistados.  Si Dios realmente obra mediante la impotencia humana, entonces nosotros, la Iglesia, le hemos dado mucho con qué trabajar —el ex-cardenal, cuyos deslumbrantes dones oscurecieron una doble vida predatoria, hombres obedientes que dudaron de sus sospechas y decidieron esconder la gangrena en lugar de amputarla.  Citando al Papa Benedicto: “En la Iglesia, Jesús se confía a los que lo traicionan una y otra vez”.

Elocuente y verdadero.  Sin embargo, humanamente hablando, ¿cómo vamos a confiar en la Iglesia ahora?  Debemos lamentarnos por las personas abusadas por clérigos que no pueden evitar mirar las fotos de McCarrick mirando efusivamente al Papa Francisco.  ¿Y qué hay de los clérigos inocentes que luchan por la castidad y que nos instan a integrar la nuestra, sacerdotes ahora cómplices a los ojos del público que ve “encubrimiento” en cada sotana romana?  Debemos clamar pidiendo por los abusados que necesitan justicia y por los clérigos que no deben ser calumniados por unos pocos cobardes.  Y por el mundo incrédulo que necesita saber que la Iglesia no es un refugio secreto autoprotector para hombres perversos que disfrutan del teatro de la religión.  Más bien, ella es una Madre hermosa, servida por Padres increíbles.

El poder en la impotencia —la cruz, la esencia del Evangelio, especialmente San Marcos.  Y eso es lo que estamos contemplando, cuando el Papa Francisco, con la ayuda de amigos, actúa de manera decisiva y enérgica para no tolerar el abuso por parte de clérigos.  Él está empuñando el bisturí quirúrgico, como lo demuestra la renuncia de 34 obispos chilenos el mes pasado que participaron en un extenso encubrimiento de continuos abusos, y la condena de un arzobispo australiano por motivos similares.  Lo más resonante es que el Papa Francisco despojó a McCarrick de su condición de cardenal y lo retiró del ministerio público.  Eso es enorme, una primicia, y necesita convertirse en una práctica estándar para los pastores que comen ovejas o miran hacia otro lado mientras que otros lo hacen.

¿Una iglesia confiable?  Sí, cuando ella verifica la verdad del abuso, disciplina a los abusadores, mientras hace todo lo posible por sanar a los abusados y garantizar la integridad sexual de sus líderes.  La fuerza actuando en la debilidad: nuestra fe se basa en nada menos  que eso.  Hay mucho por recorrer.  Sin embargo, cuando viva en sus miembros, la cruz en la que Dios fue traicionado supera el aguijón y el hedor de esta traición humana más íntima.

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