Casa > aguas vivas > Transformando el Desierto

“En seguida el Espíritu lo impulsó a ir al desierto, y allí Él fue tentado por Satanás durante cuarenta días.  Estaba entre las fieras, y los ángeles le servían” (Mc. 1: 12, 13).

El Espíritu nos invita a seguir a Jesús al desierto.  Difícil de imaginar en nuestra profunda helada invernal.  No importa —arena ardiente o frío que quema— Jesús transforma el páramo en un jardín.

Él encarga demonios y bestias para despertarnos.  ¡Despierten! ¡No todo está bien!  Las victorias, ganadas con esfuerzo, se han suavizado hasta convertirse en pereza; fuegos extraños nos tentaron y ahora nos calientan, matándonos suavemente.  “¡Pinta nuestros dragones de rojo, Jesús!”  Cuarenta días de Cuaresma parecen demasiado breves para que Él nos salve de nuevo.  ¡Sin embargo, Él nos salvará!  Es por eso que Él se aventuró al desierto en primer lugar —para abrir un camino y liberar una fuente en nuestra esterilidad.

Su obediencia, nuestra entrega.  No hay ninguna otra postura.  Las cosas salvajes nos detienen en caminos trillados y se burlan: “¡No vas a salirte de ésta a tu manera!” No más trucos…  Sólo Jesús ahora.  Quizás por eso es que Dios, a través de Oseas, invitó al Israel dividido al desierto.  No fue para azotarla sino para salvarla; Él la “sedujo” para restaurar la belleza original.  Sólo Dios puede transformar a las prostitutas en vírgenes.  Sólo el divino Esposo puede preparar para Sí mismo a su Novia.  Él lo hace en el desierto —un lugar de flaqueza, de atención indivisa.  A la luz de nuestras divisiones, el desierto revela el Amor que nos une, repara nuestra integridad.

“Te llevaré al desierto y te hablaré con ternura.  Allí te devolveré tus viñedos, y convertiré el Valle de la Desgracia {juicio} en el paso de la Esperanza.  Allí me corresponderás, como en los días de tu juventud…” (Oseas 2: 14, 15).

Mi amiga Beth de Atlanta dice que Él nos recrea en el desierto.  Tal vez sea así.  Ella ha sido la fuente humana de “aguas vivas” en su iglesia durante los últimos 18 años.  Atormentada por una relación lésbica hace 35 años, ella descubrió Aguas Vivas en una carismática Iglesia Bautista en Boston; allí, en nuestro primer grupo formado e implementado fuera de California, Jesús transformó su arena ardiente en un estanque (Is. 35: 7).  Ella terminó en Atlanta y prometió recrear para ella misma (y para cada alma sedienta) un estanque de misericordia en su nueva iglesia.

Ella hizo precisamente eso.  Nosotros nos regocijamos con Beth la semana pasada en Atlanta en la bendita Iglesia de los Apóstoles, donde celebramos más de 54 equipos de sanadores heridos y grupos de Aguas Vivas/Contra la Corriente que Beth supervisó allí.

Una mujer siguió a Jesús al desierto donde Él liberó una fuente.  No demasiado complicado —Jesús superó el desierto y nos invita a transformar el nuestro.  Él “nos sacia en tierras resecas (o congeladas), y fortalece nuestros huesos” (Is. 58:11), de modo que nuestros páramos se conviertan en jardines.  Agradecidos y fructíferos, damos generosamente.

Gracias, Beth, por animarnos mientras volvemos a entrar en el encuentro y el refinamiento de la Cuaresma 2021.

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