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glutton

  “No es la naturaleza de las cosas que usamos, sino nuestro motivo para usarlas, que convierte lo que hacemos en algo loable o censurable”. San Agustín

El acaparamiento codicioso de las “cosas”; los glotones y los pecadores sexuales (nuestros últimos dos “pecados capitales”) se unen al placer. Te podría ir peor. Jesús nunca se enfureció contra los impuros y las personas con sobrepeso de la forma en que lo hizo con los orgullosos religiosos. Sin embargo, la libertad de los fariseos no expía los pecados de la carne. La Cuaresma exige que enfrentemos con integridad nuestra tentación de satisfacer nuestros deseos a nuestra manera.

A diferencia del sexo, la comida es una necesidad para todos. Nosotros dependemos de ésta, somos fortalecidos por ésta y somos bendecidos por festejos en los cuales crecemos en el gozo de comunidad. La comida puede ser un placer humano, un acompañamiento deleitable que Jesús compartió muchas veces con Sus discípulos. De hecho, los fariseos lo tildaron a Él de glotón. La comida es digna de alabanza, apreciada por Dios y un don de Dios para nuestra alimentación social y física.

La comida también puede convertirse en un arma de nuestro Yo controlador y aferrado. Nosotros nos convertimos en glotones cuando buscamos comida para alimentar los anhelos más profundos de nuestro corazón. Aunque la comida puede fortalecer la amistad, no puede ser nuestra amiga. Los glotones se enamoran de la comida. Una colega confesó sobre una fantasía extendida sobre potenciales comidas venideras; otra colega admitió tener una fantasía de un desfile de carnes a la barbacoa bailando que la tentaban.

Ambas mujeres son cristianas, solitarias, y comparten un historial de trauma y abandono a temprana edad. Durante el tiempo que tienen uso de razón, la comida les proporcionaba un tipo de fortalecimiento, una recompensa que ningún ser humano ofrecía consistentemente. La comida se convirtió en la amiga que podían controlar, hasta que ésta comenzó a controlarlas. La comida benigna se convirtió en un amo brutal.

Adictas a las prisas de las calorías, ellas experimentaban consuelo al comer en exceso, pero sufrían física y socialmente debido a ésta. La gula prospera en la oscuridad; mis amigas comían educadamente con los demás, pero se atiborraban de comida a solas, vergonzosamente. En vez de acercarlas a relaciones, la comida se los impedía. Sus cuerpos de gran tamaño reflejaban un tipo de auto-protección, una señal evidente de que otra relación las estaba dominando.

San Pablo dijo: “Todo me está permitido, pero no dejaré que nada me domine” (1ª Co 6:12). El cristiano dominado por la comida puede confesar ese dominio y al igual que todos los adictos, admitir su impotencia. Entonces sólo la gracia puede comenzar a activar la voluntad para reunirse con otras personas y enfrentar el verdadero deseo del corazón por el amor y la intimidad. Un poco aparte de lo cual la dieta funciona, Jesús quiere ser el amor principal a través del cual nosotros medimos la salud de todas nuestras otras relaciones, incluyendo el que tenemos con la comida.

Él nos ayuda a desprendernos de y experimentar nuestras verdaderas hambres; Él nos enseña a recurrir sin palabras hacia Él en el dolor que surge cuando rechazamos falsedades. Él quiere que “probemos y veamos que Él es bueno”, que Él puede “satisfacer nuestros deseos con cosas buenas”. Para ese propósito, los 40 días de la Cuaresma no son más que una preparación de cómo Dios quiere que vivamos todo el año.

Una tercera parte de los estadounidenses tienen sobrepeso. Nuestro pecado de la gula es obvio, pero no crónico. Podemos recurrir a la Fuente de nuestro alimento y comenzar a reconciliarnos con el buen don de los alimentos y de nuestros cuerpos, a través del Amor que satisface.

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