Casa > Blog De Andrew > Un Glotón para Nutrir, Parte 2

Bread

“¿Acaso pueden obligar a los invitados del Novio a que ayunen mientras Él está con ellos? Llegará el día en que se les quitará el Novio; en aquellos días sí ayunarán” (Lc 5: 34, 35).

Esos días han llegado, el festín da paso al ayuno para los discípulos del siglo XXI que anhelan y esperan por Jesús. Esa es la paradoja de desprenderse a fin de invitarlo a Él a entrar. El ayuno puede ser una fiesta de Su Presencia. Su Espíritu se cierne sobre las personas que dejan de lado la comida normal a fin de acoger la realidad invisible del Jesús con nosotros.

Gerald May dice así: “Experimentar un poco de hambre de vez en cuando puede ser un bello recordatorio del hambre más profunda de nuestras almas”. Esa hambre de intimidad. Su amor por nosotros es más profundo que el de un hermano, una madre o un cónyuge: nadie nos ama de la forma que Él lo hace, porque nadie jamás ha sufrido por nosotros como Él lo hizo (parafraseando a Pascal). En las palabras de Santa Faustina: “Si tú no crees en Mis palabras, cree en Mis heridas”.

Así que optamos por la debilidad, el desmayo, el efecto inquietante del hambre física a fin de abrirnos a Aquél que nos ama más. De esta manera, el ayuno requiere que nos desconectemos un poco de las actividades cotidianas. Sin alimentos, no podemos hacer lo que normalmente hacemos. Nos inclinamos a apoyarnos sobre Su pecho invisible, a escuchar los susurros de Él quien dijo que Él permanece, habita y vive con las personas que participan de Él, el Pan de Vida (Jn 6:56).

Eso significa que debemos rechazar deliberadamente el estruendo de nuestras vidas ruidosas y las calorías que nos instan a entrar en la batalla. Comienza lentamente, dejando una comida pero eligiendo pasar ese tiempo con Él. Deja que el ayuno te sosiegue, te desacelere, te alivie y te encamine hacia Su presencia; no dejes que éste te vuelva loco cuando buscas hacer todas las cosas sin alimento. Nosotros renunciamos a los alimentos a fin de sostener una intimidad más profunda.

“Quédense quietos, reconozcan que Yo soy Dios” (Sal 46:10). Tal vez nuestra resistencia al ayuno se puede atribuir al hecho de que no podemos estar quietos. Estamos excesivamente apegados a las computadoras y los anillos, las historias y demandas de las otras personas, tanto es así que la atención espiritual se vuelve dolorosa. Pero no imposible. Desconéctate. Haz ayuno de los alimentos, de Facebook, de las tramas fantásticas que desplazan la que tú estás viviendo. Acógelo a Él.

Ten en cuenta que esto no es un escrito de San Benito. Yo soy naturalmente adicto, más inclinado a aferrarme a las cosas sensacionales que a reflexionar sobre los misterios espirituales. Yo sólo sé que si quiero compartir a Jesús a la gente, necesito más que mis ideales y una fuerte taza de café. Necesito sumergirme en la Fuente y dar tiempo y espacio para que Él sea mi comida principal. Eso es lo que significa ayunar. Ahora anhelo desacelerarme a fin de saborear a Aquél a quien más amo. Yo soy un glotón de este alimento. Que el Espíritu te honre esta Semana Santa con quietud y hambre de Él.