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Un Puente en Llamas –

El sacerdote jesuita James Martin —amigo cercano del Papa Francisco y la Secretaría de Comunicación del Vaticano— es brillante, justo y misericordioso.

Él también está comprometido con la normalización de las realidades LGBT en la Iglesia Católica.

Martin fue elegido como el destacado católico para abordar los asuntos LGBT en el Encuentro Mundial de las Familias en Dublín el mes pasado y contribuyó al documento del Sínodo de la Juventud que obispos de todo el mundo estudiarán juntos el próximo mes.  Ese documento emplea el lenguaje LGBT, el primero para la Iglesia Católica.

Martin arteramente escribió un libro —“Construyendo un Puente” entre la Iglesia y la comunidad LGBT— en el que él finge estar dentro de las líneas del Catecismo haciendo énfasis en el “respeto, compasión y sensibilidad”, todo debidamente anotado en el numeral #2358 como actitudes que debe guiar nuestro tratamiento de las personas con atracción hacia el mismo sexo.

Martin sigilosamente rebasa los vínculos de la ortodoxia al expandir el numeral #2358 para incluir el espectro LGBT, el cual genera constantemente configuraciones nuevas.  ¿Martin realmente aboga por la tendencia de una generación a encontrar tracción social creando nuevas y variadas alternativas de género? Lo que solía ser una lucha interna enraizada en asuntos emocionales no realizados ahora se ha convertido en una carta de baile para niños en busca de “alternativas”.

Martin insiste en que respetar a las personas LGBT significa abrazar su “liberación” y honrar sus nuevos nombres y (supongo) las personificaciones de género.  Es descabellado.  Aquí tenemos a un tipo brillante que quiere llegar a una generación celebrando su engaño.  Y empleando las Escrituras para reforzarlo.  Él hace énfasis en la importancia de “nombrar” y los nuevos nombres en los cuales Abram se convierte en Abraham, Dios se convierte en “Yo Soy” para Moisés, y Judy se convierte en Jimmy (pág. 115-8).  El buen Padre Martín une el bien con el mal al usar la Biblia para reforzar las identidades de género creadas por uno mismo.

Más seriamente, Martin apunta al Catecismo, especialmente su referencia al deseo “objetivamente desordenado”, aplicado tanto a las tendencias hacia el mismo sexo (#2358) como al comportamiento (#2357).  Él encuentra esas palabras crueles e inusuales para los jóvenes.  Él llega incluso hasta sugerir que una descripción tan dura puede hacer que Jimmy “se destruya a sí mismo” (pág. 75).  Si el “trastorno” provoca que alguien odie o se odie a sí mismo, Martin tiene razón.

¿Cuánto mejor que despertar al hecho de que las aspiraciones hacia el mismo sexo (o cualquiera de los espectros LGBT) están desordenadas porque “cierran el acto sexual al don de la vida” y no “proceden de una genuina complementariedad afectiva y sexual” (#2357)?  Dicho de forma sencilla: ¡no puedes crear tu propio Yo de género y ser feliz! ¿Toda la vida moral católica? Libertad humana = alinearse con lo que el Creador desea para Su creatura.

En verdad, una generación alimentada por un deseo más desordenado que nunca antes necesita de claridad.  Qué bueno, correcto y verdadero para la Iglesia compaginar su comprensión de la libertad humana con la compasión empoderada, para acompañar hacia una verdadera libertad humana a las personas que están bajo el influjo del engaño.

Martin no llega a la auténtica compasión porque no revela a Aquél cuyo amor abre el horizonte.  Jesús nos nombra nuevamente cuando Él nos invita a salir del desorden para entrar en el orden santo.  Martin resiste esa verdad y se conforma con lo mundano —“ser LGBT tal como eres y quieres ser”; su puente quema a los más vulnerables.  Por favor, oren por los católicos que se convierten en el puente sobre el cual los débiles cruzan del desorden hacia la verdadera felicidad.

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