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¿Por qué adoramos a Jesús, ungiéndolo con nuestras canciones de amor?  Gratitud: Él hizo por nosotros lo que sólo Él podía hacer —Él perdonó nuestros pecados.


Sólo Dios puede purificarnos.  Sólo Dios.  Las personas buenas pueden perdonar nuestros pecados.  Pero sólo Dios puede hacernos nuevos.

Por lo tanto, nosotros cantamos partiendo de la gratitud.  Lavamos Sus pies con lágrimas de agradecimiento.  Sólo Jesús conoce la profundidad de lo que hemos hecho; sólo Jesús puede liberarnos de la carga del pecado y la vergüenza.

De esa manera, nunca necesitamos negar las cosas monstruosas que hemos hecho e incluso las cosas monstruosas de las que todavía somos capaces.  Sólo Él es la cura del pecado.  Nuestra enfermedad nos invita a confiar profunda y constantemente en este médico por los pecados que Él ha perdonado y los pecados que todavía buscan enfermarnos.

¿Podríamos incluso regocijarnos en inclinaciones pecaminosas que Jesús emplea para mantenernos cerca de Él?  Él nos entrena para vivir agradecidamente ante Él.  De esa manera, nuestra adoración es una guerra —ésta cancela toda palabra o mirada acusadora que busca separarnos de nuestra Cura misericordiosa.

La mujer pecadora en Lc 7: 36-50 nos enseña cómo vivir como un adorador agradecido.  En este pasaje, vemos a dos partes que se encuentran con Jesús: la primera, esa mujer pecadora, vive cerca del límite moral y económicamente, y es arrojada a los atrios exteriores del templo, vulnerable a otros dioses y hombres bajo su influencia quienes tomaron lo que querían de ella sexualmente.  ¿Hay algún pecado tan profundo como abrir el cuerpo de uno a otros quienes sólo dejan vergüenza mientras toman algo que nunca puede ser devuelto?

La segunda: un hombre religioso inteligente, un Fariseo, probablemente sea sexualmente puro —su tribu estableció el estándar de santidad.  Con una mirada, él sabe que esta mujer pecadora es contagiosa, capaz de contaminar a los santos.  Y con la misma mirada él le transmite a ella que ella es una vergüenza viviente.  La adoración de esta mujer tienta al Fariseo a dudar de Jesús.  Él piensa: “¿Cómo puede un hombre santo tolerar la devoción táctil, casi vulgar, de una muchacha impura?”

Dos personas que buscan a Jesús: un hombre religioso reflexivo que no está seguro de quién es Jesús y una pecadora agradecida por su Sanación.

¡Una paradoja!  El Fariseo cuya casa era deja poco espacio para Jesús en su vida, mientras que la mujer que irrumpió en la casa del Fariseo hace de Jesús su hogar.  Ella ya había recibido Su misericordia —llena de gratitud, ella ignora a su acusador religioso para poder agradecer a Jesús por cancelar su pecado.

Ella le lava los pies de Él con lágrimas de gratitud.  Ella se entrega a sí misma; ella abre las puertas de su casa de la vergüenza, Él la inunda de misericordia y la transforma en un templo viviente.  Ella ahora adora: “¡Digno es el Cordero que llevó mi vergüenza y me hace virgen otra vez!”

Ese es el poder de la gratitud; nos da valor para romper con la vergüenza —para pasar valientemente a pesar del fariseo y adorar a Aquél.  Jesús lo dijo mejor en la parábola de los deudores: ¡Aquéllos a quienes se les perdona mucho, Me amarán mucho!

Nosotros los perdonados nos convertimos en verdaderos adoradores.  Tenemos autoridad para romper con la mala religión y vivir agradecidamente ante Aquél que nos sana de todo pecado.  Yo soy uno de esos adoradores.  Jesús me liberó de la homosexualidad hace años y no he vuelto la mirada atrás; miro hacia adelante, plenamente comprometido con el Jesús misericordioso y Su Iglesia.

Hace 40 años, yo compartí mi historia ante la primera Iglesia La Viña en Los Ángeles.  Desde entonces, mi esposa y yo hemos tenido el privilegio de guiar a muchos como nosotros a estanques de misericordia donde el pecado, la vergüenza y la lucha dan paso a la integridad.  ¡Qué gozo —descubrir a Jesús Misericordioso como la Fuente y el Defensor de nuestra pureza! No podemos evitar adorarle —darle a Él toda nuestra vida entera.  Vivimos para dar testimonio de lo que Él ha hecho en nosotros e invitar a otros a vivir vidas santas y agradecidas.

Nuestra transformación no es un privilegio personal —tiene relevancia para todas las personas.  Queremos dar esperanza a todos acerca de la misericordia de Jesús.  Sus ojos nos liberan continuamente de la mirada fulminante del Fariseo que quiere humillarnos y sumirnos en el silencio.  Él abre el camino.  Siempre.  Jesús misericordioso, ¡que nuestra adoración se eleve por otros 40 años, luego a la eternidad!

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